Archivo por meses: agosto 2013

Acostúmbralo a la teta… (parte 2)

Uno de las presiones para usar teta artificial proviene, para mi asombro, de mi sobrina de cuatro años. Desde que nació su primo, me cuestiona una y otra vez cuándo tomará “su tetita”. También a ella le digo que mi seno es su tetita, pero ella replica: “No, pero la otra tetita. Los bebés tienen que tomar en teta.” Por eso, repito yo, esta es su teta.

Mi sobrina también me presiona para usar la carreola y la cuna.

Si lo pienso un poco, es comprensible su concepto de bebé. Para empezar, muchos bebés de juguete traen todo ese equipo: carreolitas, cunitas, mamilitas… De hecho, yo misma, antes de que naciera mi hijo, cuando pensaba en bebé tenía la asociación mental de esas mismas imágenes. Como los papeles y las bolsas para envolver regalos para bebés. En cambio, difícilmente una palabra como rebozo se me aparecía como primera opción. Y eso que mi madre nos amamantó y nos cargó en rebozo y canguro a mis dos hermanos y a mí. Y eso que mientra más veía a padres batallando con las carreolas en pasillos estrechos, elevadores, al subir o bajar del carro, más mi esposo y yo nos convencíamos de que no queríamos usar carreola.

Entonces veo que la presión viene desde que somos niñas.

Mi sobrina refleja también otra de las cosas que he observado, y es la contradicción entre lo que te dicen que debe hacerse y lo que se hace. Es decir, por un lado parece que lo que debe hacerse es no cargar tanto al bebé, pero por el otro todos quieren cargar a los bebés apenas ven a uno.

“Acostúmbralo a la teta, me dicen, así me lo puedes dejar.” Pero, ¿por qué voy a querer dejar a mi bebé? Precisamente, una de las enormes ventajas de dar el pecho, es que puedo llevarlo conmigo a todas partes, y estar segura de que siempre habrá alimento suficiente y listo para tomarse.

Así y todo hay ocasiones en que tengo que dejar a mi bebé. Aunque trabajo desde casa, a veces tengo que ir a reportar avances de mi investigación a la universidad, y si bien antes era sencillo llevar a mi bebé en el rebozo porque sólo dormía y comía, cada vez fue un poco más difícil.

Cuando ha sido necesario, me he extraído leche y la he dejado en diferentes biberones, algunos que prometen simular el seno materno, pero nada: León sigue prefiriendo aguantarse el hambre hasta que llegue yo. No sé si es que hemos errado en la temperatura de la leche o si es el biberón en sí, el caso es que no ha funcionado.

“Acostúmbralo a la teta”, vuelvo a escuchar. Pero, ¿tiene sentido?, me pregunto yo. ¿Para qué acostumbrarlo con diferentes técnicas a algo que no siempre tenemos necesidad de usar –unas tres veces en lo que va de sus seis meses? Además, he visto de cerca lo difícil que es quitarle el biberón a un niño a la fuerza, cuando ya empieza a afectar su salud bucal.

Elegí no hacerlo. El pediatra me sugirió otros métodos: un vasito entrenador, pequeñas cucharadas. El vasito funcionó mejor; además, mi bebé aprendió rápido que, mientras que al vasito sí lo puede morder y calmar su comezón, a mí no me gusta que me muerda.

Acostúmbralo a la teta… (parte 2)

Uno de las presiones para usar teta artificial proviene, para mi asombro, de mi sobrina de cuatro años. Desde que nació su primo, me cuestiona una y otra vez cuándo tomará “su tetita”. También a ella le digo que mi seno es su tetita, pero ella replica: “No, pero la otra tetita. Los bebés tienen que tomar en teta.” Por eso, repito yo, esta es su teta.

Mi sobrina también me presiona para usar la carreola y la cuna.

Si lo pienso un poco, es comprensible su concepto de bebé. Para empezar, muchos bebés de juguete traen todo ese equipo: carreolitas, cunitas, mamilitas… De hecho, yo misma, antes de que naciera mi hijo, cuando pensaba en bebé tenía la asociación mental de esas mismas imágenes. Como los papeles y las bolsas para envolver regalos para bebés. En cambio, difícilmente una palabra como rebozo se me aparecía como primera opción. Y eso que mi madre nos amamantó y nos cargó en rebozo y canguro a mis dos hermanos y a mí. Y eso que mientra más veía a padres batallando con las carreolas en pasillos estrechos, elevadores, al subir o bajar del carro, más mi esposo y yo nos convencíamos de que no queríamos usar carreola.

Entonces veo que la presión viene desde que somos niñas.

Mi sobrina refleja también otra de las cosas que he observado, y es la contradicción entre lo que te dicen que debe hacerse y lo que se hace. Es decir, por un lado parece que lo que debe hacerse es no cargar tanto al bebé, pero por el otro todos quieren cargar a los bebés apenas ven a uno.

“Acostúmbralo a la teta, me dicen, así me lo puedes dejar.” Pero, ¿por qué voy a querer dejar a mi bebé? Precisamente, una de las enormes ventajas de dar el pecho, es que puedo llevarlo conmigo a todas partes, y estar segura de que siempre habrá alimento suficiente y listo para tomarse.

Así y todo hay ocasiones en que tengo que dejar a mi bebé. Aunque trabajo desde casa, a veces tengo que ir a reportar avances de mi investigación a la universidad, y si bien antes era sencillo llevar a mi bebé en el rebozo porque sólo dormía y comía, cada vez fue un poco más difícil.

Cuando ha sido necesario, me he extraído leche y la he dejado en diferentes biberones, algunos que prometen simular el seno materno, pero nada: León sigue prefiriendo aguantarse el hambre hasta que llegue yo. No sé si es que hemos errado en la temperatura de la leche o si es el biberón en sí, el caso es que no ha funcionado.

“Acostúmbralo a la teta”, vuelvo a escuchar. Pero, ¿tiene sentido?, me pregunto yo. ¿Para qué acostumbrarlo con diferentes técnicas a algo que no siempre tenemos necesidad de usar –unas tres veces en lo que va de sus seis meses? Además, he visto de cerca lo difícil que es quitarle el biberón a un niño a la fuerza, cuando ya empieza a afectar su salud bucal.

Elegí no hacerlo. El pediatra me sugirió otros métodos: un vasito entrenador, pequeñas cucharadas. El vasito funcionó mejor; además, mi bebé aprendió rápido que, mientras que al vasito sí lo puede morder y calmar su comezón, a mí no me gusta que me muerda.

¡Mamá está cansada!

Escribo esto agotada y con lágrimas en los ojos, no sólo porque estoy cansada sino porque el motivo es mi hijo Guillermo que ya tiene más de 24 horas con fiebre, vómito y diarrea producto de un virus.

Mientras él duerme y le cuido el sueño, para mantener a ralla la temperatura de su cuerpito de cuatro años y antes de empezar a escribir esto, estaba desde el celular leyendo mi TL en Twitter.

Mientras hacía lo anterior leí un tweet de una mamá famosa que dice textualmente: “Ser mamá y trabajar en casa no implica descuidar tu apariencia! Piensa siempre en ti, haz ejercicio”.

Sinceramente cuando leí el tweet anterior me dio mucha rabia; luego me sentí culpable y desamparada y en estos momentos estoy muy triste.

Cuando sentí rabia me dije “qué bríos, debe ser que tiene un séquito de niñeras”. Cuando me sentí culpable me dije “Ella no tiene la culpa de tener la tribu que yo no tengo”. Y ahora que estoy triste me digo que deberíamos ser más cuidadosas con lo que le decimos a otras mamis. Que nuestras situaciones varían y que no sabemos por qué esa madre no va a la peluquería o al gimnasio. Uno no “descuida” la apariencia porque nos da la gana, a veces preferimos descansar a hacer cualquier otra cosa.

Hace unos días vi un video del doctor de “ni una dieta más” donde daba los secretos para bajar de peso y lo primero era dormir bien, y si era posible 8 horas. Nada más con esa estoy raspada.

La única cosa que hago bien, según las recomendaciones del doc, es desayunar y desayunar bien. Y bueno lo que no hago es bastante y entre esas cosas está que tengo más de un año sin ir a la peluquería, más de dos sin ir a un spa de pies y manos y que llevo 12 meses subiendo de peso entre mi desordenada alimentación y el estrés.

No tengo excusa, lo se, soy yo y nada más yo la responsable, pero no tienen idea de lo cansada que estoy. Mis hijos son lo mejor que me ha pasado en la vida, pero sacar tiempo para mi sin poder contar con un relevo no es fácil y no he encontrado la forma de hacerlo.

Eso si, si quieren compartir sus tips se pueden ahorrar el hacerme sentir culpable que eso, yo, ya lo hago bastante bien.

Descubrirme madre…

Como he contado en otros espacios, lo cierto es que muy pocas veces en mi vida me había imaginado como madre y, en cambio, mis planes para el futuro siempre eran a partir de una visión de mí misma desde una perspectiva laboral. Por eso, no deja de sorprenderme cuánto disfruto ahora ser madre, no sólo por tener un hijo, sino cuánto disfruto estar las veinticuatro horas del día con mi bebé, y cómo me parece ahora natural este hecho.

No es que esté en contra de las guarderías o que me sienta aprensiva por dejar que alguien más esté con él. Mi madre impulsó la primera guardería en mi pueblo natal porque veía que muchas madres tenían una verdadera necesidad por salir a trabajar y no tenían con quién dejar a sus hijos.  Y  en esa lucha yo misma fui una de las primeras niñas de esa guardería, y lo recuerdo como una experiencia grata. Es más: hasta me acuerdo de los almuerzos que me preparaban ahí y de cuánto me gustaban.

Pero es necesario hacer una aclaración: yo fui a esa guardería hasta que tenía entre dos y tres años, y sólo estaba ahí un par de horas al día. A lo sumo cuatro. Antes de ir a la guardería yo conocí la hermosa experiencia de pasar mis primeros días de vida pegada al seno de mi madre, y mi madre me llevaba con ella a todos lados en su rebozo. Y cuando mi madre llegaba por mí, yo sabía que ella estaría conmigo y con mis hermanos el resto del día.  Ir a la guardería fue para entonces una aventura. Un paso intermedio que me hacía sentir que estaba creciendo y que pronto, como mis hermanos, iría a la escuela. Una emoción positiva, pues.

Veo que algunos se sorprenden de verme tan pegada a mi bebé, como antes se sorprendieron de verme tan cercana a mi esposo. ¿Por qué iba a casarme con alguien con quien no me gusta estar?, me preguntaba yo. Si me casé con él es porque nos gusta estar juntos. Ahora me pasa otro tanto: si quisimos ser padres fue para estar con nuestro hijo. Para educarlo nosotros.

A veces pienso que los niños se confunden al tener tantas figuras de autoridad. Si en una empresa eso se convierte en un problema, ¿cómo no lo va a ser para un niño que apenas está descubriendo el mundo?

Por eso me siento tan triste hoy. Porque esta semana mis dos planes para seguir trabajando desde casa el próximo año se han esfumado. Y ahora no sé muy bien qué vaya a pasar.

Acostúmbralo a la teta… (parte 1)

Ya en el último mes de embarazo, mi madre llegó para estar conmigo en el gran momento, y ayudarme a preparar todo aquello que pudiera hacerme falta. Enseguida notó que no había comprado mamilas y me lo hizo notar. ¿Para qué?, respondí yo. Preparé todo para trabajar desde casa, así que no tengo necesidad de comprar mamilas si puedo amamantarlo yo misma. Días después llegó León.

En ese entonces no había investigado nada sobre lactancia materna, confiaba en mi instinto y en el apoyo de mi madre. No sabía, por ejemplo, que hay que pedir que no le den suero al bebé cuando nace. No me lo dijeron, pero supongo –más porque mi bebé nació por cesárea–, que le dieron al menos una mamila luego de nacer. Para fortuna nuestra, en cuanto me llevaron al bebé a la habitación, mi madre me lo acercó y me dio consejos sobre cómo iniciar la lactancia. León se prendió enseguida, y enseguida pareció preferir mi seno a la mamila. Aún así todavía tomó algunas más.

En cuanto empezamos a tener contacto con el mundo, el torrente de comentarios, consejos y sugerencias que todas las madres experimentamos –y, también, que todas las madres hacemos luego– no se hizo esperar. Los comentarios venían en dos tipos, generalmente: aquellos que me decían que no lo cargara mucho, y aquellos que me decían que lo cargara mucho porque luego ya no podría hacerlo, por ejemplo, y aquellos que me alentaban y me felicitaban por darle pecho, y aquellos que, primero sutilmente, y luego con mayor claridad, me decían que tenía que acostumbrarlo a “la teta”. Lo curioso es que, al menos en el norte de México, por “teta” se refieren a la mamila, es decir, a la teta artificial. No deja de parecerme gracioso y aprovecho cuando puedo la oportunidad para decirles que él siempre ha tomado teta, la original: la única.

Hay varios argumentos al respecto. Uno de ellos ha sido que es bueno que descanse del bebé de vez en cuando. Pues bien, la primera vez que acepté la oferta –todavía antes de investigar sobre lactancia–, dejé al bebé confiada en que, si tenía hambre, podíamos usar la fórmula que le habían dado en el hospital. El resultado fue desastroso: yo llegué a casa con dolor en los senos de tan duros. León, quien había tomado leche artificial ante el hambre, me pidió pecho en cuanto llegué a pesar de haber tomado la fórmula. En el transcurso del día se me fue aliviando el malestar en los senos: cada vez que mi bebé me pedía pecho yo lo agradecía sinceramente. Por fin, en la noche, nos fuimos a dormir los tres en nuestra cama: papá, mamá, bebé. Pero en un par de horas comenzó un llanto que no le conocíamos a nuestro hijo. Parecía querer comer, pero algo se lo impedía. De tanto buscar qué lo tenía tan molesto, su padre recordó la mamila de fórmula de la tarde, y descubrió que tenía inflamada su pancita. Entonces me dispuse a darle suaves masajes y a doblar sus piernitas, y así continuamos hasta que el bebé pareció encontrar alivio en ello. Dedujimos que esos son los famosos cólicos. Ha sido la única noche de desvelo y llanto en nuestra corta historia como papás.

Aprendimos la lección.