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El destete

El proceso del destete inicia, según he leído, en cuanto el bebé comienza a consumir otros alimentos. Esto quiere decir que no es un proceso que dure un día, ni siquiera un mes. Aún así, estoy segura de que muchas madres que hemos amamantado, sobre todo aquellas que pasamos los dos años, nos preguntamos cuándo y cómo se dará el destete, el destete final.

León y yo todavía no estamos ahí, pero sí que estamos en una etapa muy próxima.

Ya he escrito antes que jamás me imaginé amamantando después de los dos años, mucho menos después de los tres. Pero llegamos a los tres y, por momentos, me parecía que él mismo me iba a decir “ya no, mamá”. De hecho, lo hizo un par de veces. Un par de veces en que prefirió seguir jugando, o ver videos, o comer o tomar otra cosa. Uno de esos días dijo que quería quedarse a dormir en casa de sus abuelos, y lo hizo sin mayor problema, con todo y que sabía que yo tardaría en regresar por él porque mis horarios de trabajo fuera de casa ya son más amplios.

Pero se quedó y no tuvo mayor problema.

Con todo, había otros días en que parecía justo lo contrario: no deseaba hacer otra cosa que andar pegado a la teta.

De pronto sentí que necesitaba darle un empujoncito. A ver qué tal. Y aproveché las vacaciones de verano, en que estamos juntos todo el día, para proponerle que intentáramos dejar la teta solo para la noche, solo para dormir. Y él aceptó.

No lo niego: ha habido ocasiones en que la tentación de darle teta es mucha. Porque definitivamente no hay nada que tranquilice más y tan rápido que la teta sin importar el estado del niño: enojado, triste, frustrado, con mucha energía, con necesidad de atención, cansado, con hambre, con sed, con sueño, con ganas de aprender algo nuevo, aburrido, recién caído…

De su parte, también ha habido momentos en que manifiesta que lo extraña y me pregunta por qué ya no.

Pero, para mi sorpresa, lo ha sobrellevado bien. Acepta otros alimentos a cambio (por ejemplo, arándanos o fruta en trozos para ver sus videos) y otras bebidas si tiene sed (tés tibios o agua). Yo procuro abrazarlo y acompañarlo mientras consume esos alimentos, porque no quiero que sienta que ya no estaré ahí, quiero que siga sintiendo mi cuerpo. Y acepta juegos cuando lo que tiene es aburrimiento o necesita mi atención.

Creo que a muchos niños les hace falta eso: contacto físico. Incluso niños que parecieran estar en situaciones de privilegio. Como tallerista y como compañera de juegos me ha llamado siempre la atención esa necesidad que tienen los niños de pegarse, de tocarme con su pie, de recargar su cabeza: de tener contacto, en fin.

Creo que nunca se abraza demasiado.

Pero sí que lo he notado más sensible. Llora más cuando se cae o se pega, requiere de más abrazos y besos, está más susceptible a mis estados de ánimo y se preocupa si me nota tensa o triste o molesta, y lo mismo con su padre. Me pide ayuda para cosas que ya hacía solo, como ponerse los zapatos o desvestirse.

Y, por otra parte, he notado lo contento que se pone cuando se da cuenta de que puede hacer algo nuevo o si alcanza lugares que antes no.

Así que bueno, no nos ha ido tan mal.

Llevo dos semanas de volver al trabajo y todo ha seguido más o menos en el mismo tono.

Por lo pronto, creo que me siento más cómoda así. Y me alegra que él también pueda decirme cómo se siente.

 

Amamantar: ¿después de los tres años?

Pues ahora sí he que superado cualquier expectativa y que me he desprendido de cualquier prejuicio que pudiera haber tenido sobre la idea de amamantar a un niño después de los dos años.

Hemos llegado al tercer cumpleaños de León y continuamos con la lactancia materna.

Confieso que sí, que a veces sí digo: ya ha sido suficiente, y que empiezo a tomar algunas medidas para acelerar el destete. Pero lo cierto también es que en realidad, fuera de las miradas inquisidoras y los comentarios de familiares sobre que ya es momento de destetar a ese niño, no tengo ninguna razón personal para destetar.

Las tomas son cada día menores en cantidad y en duración. Amamantar sigue siendo el método más efectivo para que todos tengamos noches de sueño reparador y continuo. Y cada vez que lo amamanto, puedo ver que todo su ser me lo agradece, lo mucho que significa para él, y lo mucho que significa para mí: puedo sentir el efecto de la oxitocina que me calma y me renueva como madre una y otra vez. En suma: puedo ver que a los dos nos hace tanto bien, que no veo razón de ponerle fin a algo tan hermoso y tan benéfico para ambos.

Y aquí seguimos.

Amamantar después de los dos años

Llegaron los dos años y todos, inclusive yo misma, nos preguntamos si León y yo continuaríamos con la lactancia materna. Por mi parte, investigué más a fondo sobre la lactancia después de los dos años y sobre el destete. Quise poner en práctica muchos de los consejos para un destete respetuoso, uno de los cuales propone no negar pero tampoco ofrecer. Sin embargo, en muchas ocasiones me vi a mí misma ofreciendo el pecho: para que se calmara porque estaba muy frustrado o porque estaba muy cansado (en ese cansancio particular de los niños pequeños que parece tener el efecto contrario al esperado). Entonces me relajé un poco y dije: bueno, si nos funciona todavía, sigamos.

Y seguimos.

Entre la primera mitad de este tercer año (de 24 a 30 meses, aprox) la lactancia materna me ayudó a sobrellevar la etapa de los berrinches.

Avanzada ya la segunda mitad (de los 30 a los 32 meses donde estamos), he encontrado que la lactancia se ha vuelto de lo más fácil. Es más, me atrevo a decir que es la etapa más fácil en cuanto a lactancia se refiere: ya no estoy todo el día amamantando, las tomas son cada vez menos frecuentes y de menos duración; mi hijo es capaz de esperarse y de entender si no puedo o no deseo amamantarlo en un momento determinado (porque estoy ocupada o tengo que irme al trabajo –he vuelto al trabajo fuera de casa–, porque no estoy en un ambiente favorable para amamantar en público –y menos a un niño de dos años–, porque traigo una prenda con la que es difícil amamantar, en fin); él mismo propone sustitutos si desea alimentarse o hidratarse pero también desea seguir en alguna actividad, y, sobre todo, es capaz de verbalizar lo que significa la teta para él.

No sé hasta cuándo seguiremos o qué pase mañana, pero cada día que pasa recuerdo lo afortunados que somos de vivir esta experiencia juntos, como familia: papá, mamá y bebé.

Amamantar: tiempo para enamorarse

Celebro nuestros dieciocho meses de lactancia materna.

Definitivamente, existen momentos de tensión, de agobio, de cansancio y hasta de duda en esto de ser padres. Sobre todo el primer mes de vida de mi hijo, recuerdo que había momentos en que me preguntaba si algún día podría hacer otra cosa que no fuera amamantar, recuerdo que había momentos en que me chocaba que, como si fuese a propósito, justo cuando yo tenía hambre mi bebé también, y lo mucho que me costaba regresar a mi plato con los alimentos ya fríos, sobre todo si se trataba del desayuno que muchas veces ya era más bien comida. Recuerdo también esos momentos en que me decía que haría mi mejor esfuerzo por llegar a los seis meses, sólo seis meses, y después ya vería.

Y, pese a lo largos que parecían esos momentos, mucho antes de lo que imaginé amamantar se convirtió en una práctica que me ha dado horas que se cuentan entre las más felices de mi vida.

Amo amamantar.

Ya en otras entradas he escrito que amamantar ha sido, para mí, un tiempo para pensar, un tiempo para enseñar y aprender, y hoy quiero compartir que es también un tiempo para enamorarse. O, mejor, para re-enamorarse.

Ahora que mi bebé entra totalmente en la categoría que en inglés de conoce como toddler, amamantar es un momento de reencuentro y de relajación que disfruto con agradecimiento tanto en los momentos buenos como en los momentos difíciles.

Y es que sí, con un niño que ya puede acceder a prácticamente todos los rincones y cosas, ávido de explorar el mundo y necesitado de atención, por supuesto que hay momentos de agobio en que pareciera que uno no puede dejar de vigilar, de distraer, de mantener un nivel alto de energía y entusiasmo y de decir “¡no!”. Y casi como en automático, mi hijo dice: “¡Teta!”, y al tomarlo en brazos y oler su cabecita, y con el maravilloso efecto de la oxitocina que viene con la leche, recupero el centro, me siento enamorada: es un bebé, es mi bebé. Me necesita. Y yo lo amo.

Y entonces todo vuelve a verse no sólo más fácil o llevadero, sino como lo que es: una maravillosa experiencia, una encantadora oportunidad, un extraordinario reto que exige lo mejor de nosotros mismos.

Sobre el aborto

Cualquiera que tenga un poco de sensibilidad y que se tome el tiempo para escuchar sin prejuicios puede descubrir que las historias de mujeres que decidieron abortar en algún momento de sus vidas pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos. De hecho, la práctica parece ser tan extendida, que podemos encontrar sus huellas en las recetas caseras que existen en tantas culturas -por ejemplo, la gobernadora aquí en Nuevo León-. Es decir, se trata de información que ha pasado generación tras generación, conocimientos compartidos por mujeres, entre mujeres, cuando alguna se encontraba en una situación de auxilio. Contrario a la asociación del aborto con mujeres solteras, y como muchos otros conocimientos femeninos ancestrales, el del aborto pertenece a la esfera de las mujeres casadas y con hijos.

¿Por qué una mujer casada y con hijos se vería en la encrucijada de abortar o no? Las razones pueden ser variadas, pero he encontrado que en el fondo se resumen en que la mujer toma consciencia de que no tiene las condiciones mínimas requeridas no sólo para recibir al nuevo ser sino para criarlo. Estas condiciones incluyen no sólo las que atañen al aspecto financiero, sino también la propia salud de la madre, las condiciones generales del feto, el tiempo (ah, la percepción del tiempo cambia tanto cuando se tiene un niño pequeño, multiplíquenlo ahora por dos o tres o cuatro o nueve niños) y, debe decirse, las ganas de otro bebé, es decir, el aspecto emocional.

En otras palabras, el instinto de la madre le dice que no es una buena idea traer ese bebé al mundo.

Desde un aspecto estrictamente biológico, se sabe que el cuerpo de la madre tarda unos dos años en recuperarse por completo de un embarazo. Si la mujer se embaraza antes de esta recuperación, tiene muchas más probabilidades de tener complicaciones durante la gestación tales como placenta previa, así como falta de nutrientes esenciales para el buen desarrollo del feto (máxime en esos años donde los cuidados prenatales eran prácticamente inexistentes). Aumenta también la probabilidad de tener un parto prematuro y, en general, pone en riesgo la salud de la madre y del bebé.

Y si se están preguntando en este punto cómo es que una mujer con experiencia sobre la concepción puede embarazarse sin haberlo planeado, eso refleja que les hace falta mucho camino por recorrer en lo que a sensibilidad y empatía se refiere. Una de las cosas que le debemos a la revolución sexual fue el control sobre la decisión de cuándo tener relaciones sexuales. Sí: esto quiere decir que nuestras madres, nuestras abuelas y bisabuelas no tuvieron siempre este derecho. Bastante cruel, ¿no es cierto? Y si a ello le sumamos que, luego del embarazo, y sobre todo si se amamanta, la mujer tiene sequedad vaginal, no quiero ni imaginarme lo que debieron sufrir solo porque debían complacer a su esposo (afortunadamente ahora es mucho más fácil no sólo conseguir lubricantes, sino que una mujer manifieste que los necesita… Espero).

Esto significa también que los embarazos no deseados y las violaciones no sólo se dan fuera del matrimonio o son exclusivos de cierto grupo social o generacional.

A lo que quiero llegar aquí es que esas madres que deciden o decidieron que abortar es la mejor opción, guiadas por su instinto, toman una decisión no solo por su propio bienestar, sino por el de sus familias.

Es común que en las discusiones a favor del aborto el principal argumento es que la mujer es dueña de su propio cuerpo y, por lo tanto, las decisiones sobre su cuerpo le competen sólo a ella. Pues bien, yo voy más allá, y creo que estar a favor del aborto es promover una paternidad responsable. Es tener, insisto, un poquito de sensibilidad hacia el otro.

Y creo que esto puede sustentarse desde una perspectiva más integral con los trabajos de John Bowlby (trabajos que, irónicamente, fueron criticados por algunas esferas del feminismo), un psicoanalista inglés, notable por su interés en el desarrollo infantil y sus pioneros trabajos sobre la teoría del apego.

Para muestra, recomiendo leer “Cuidados maternos y salud mental”, una recopilación realizada por Bowlby a petición de la Unicef luego de las guerras mundiales.

A grandes rasgos, lo que Bowlby encuentra es que la presencia constante de la madre, o de un cuidador principal con quien el niño pueda establecer una relación de apego, es muy importante para un óptimo desarrollo general del niño en todos los aspectos, tanto fisiológicos como emocionales, y de ello dependerá su bienestar futuro, paralelamente, tanto en su salud física y mental general como en su capacidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias.
Él resume cómo, en varias investigaciones de diversos países, existe una constante y es que la privación de los cuidados de la madre (sea ésta por fallecimiento, abandono, enfermedad, jornada laboral excesiva o, inclusive, presencia sin un real interés y cuidado en el niño), provoca en el infante deterioros en su salud física, cognitiva y emocional, y afectan, muchas veces de manera irreversible, su capacidad para relacionarse con otros.

Los efectos de la privación materna son más graves cuanto más pequeño es el infante, a pesar de que el bebé no pueda expresarlo y aparente “acostumbrarse” y aceptar pasivamente tal privación.
Bowlby y muchos otros encontraron que esto había en el fondo de cientos de casos de delincuencia juvenil y conductas psicópatas. Y no me refiero con esto sólo a asesinatos o crímenes muy visibles, sino que en general el sujeto pierde la capacidad de establecer relaciones profundas con los otros. En otras palabras, le da lo mismo lo que suceda con los demás. Imaginemos ahora qué pasa si este sujeto tiene una posición laboral cuyas responsabilidades implican tomar decisiones que afectan a otros. Por otra parte, esto me recuerda un caso tratado en Freakonomics que, si bien tiene sus controversias, te pone a pensar.

En todo caso, creo que es necesario distinguir entre un embarazo no planeado de un embarazo no deseado. Aunque abogo por una paternidad planificada, claro que no es lo mismo aceptar con amor la llegada imprevista de un nuevo ser, que aceptarlo por obligación y sin la más mínima intención de cuidar realmente a ese bebé, o con el deseo -inconsciente o consciente- de deshacerse de él a la menor oportunidad. Sea que esto signifique un abandono completo, o algo más sutil como pagar a un tercero para que se ocupe del niño en todo momento y lugar, o el mayor tiempo posible.

Trabajar desde casa con un bebé: algunas buenas prácticas

Recientemente escribí una entrada con un título similar, y me di cuenta al poco tiempo que el título prometía dar consejos o por lo menos hablar un poco más de lo que significa concretamente trabajar desde casa con un bebé o un niño pequeño, y no una reflexión general sobre el tema. Así que aquí va esta entrada para compensar lo anterior.
Como verán, ya casi voy a cumplir año y medio trabajando en estas condiciones, unos meses dedicada enteramente a trabajos del hogar y el cuidado de mi hijo, y otros combinando estas actividades con otras remuneradas. Les comparto algunas prácticas que me han funcionado:

1. No tener horarios. He leído en algunas páginas el consejo contrario, es decir, acatarse a horarios fijos. Creo que esto depende de cada quien. Antes de que naciera León, pese a que mi condición como estudiante de doctorado de tiempo completo me permitía ya el lujo de determinar mi ritmo de trabajo, me funcionaba trabajar con un horario como de oficina. Por el contrario, desde que nació León me funciona más olvidarme, en lo posible, del reloj. Pensar en horarios me estresaba mucho, simple y sencillamente porque era imposible seguirlos. Así que un día decidí que no importaba si mi día empezaba a las nueve o a las diez de la mañana, si me bañaba por las mañanas o por las noches, si el almuerzo casi parecía comida de tan tarde, si un día avanzaba en mi tesis en la mañana y otro en la tarde y otro mañana y tarde y otro sólo prendía la computadora y la dejaba en reposo todo el santo día. Acepté que hay días en que tu hijo te necesita, y otros en los que duerme más o prefiere jugar solo y puedes avanzar en tus otros pendientes.

2. Juntas virtuales. A pesar de que las personas con quienes tenga que reunirme vivan en la misma ciudad, las juntas virtuales me resultan más efectivas. Así, me ahorro el tiempo de los traslados, la estacionada y el que tengo que ocupar para preparar lo necesario para que alguien más se quede con León. De cualquier manera ocupo que alguien lo cuide mientras dura la videollamada, pero es menor y estoy más a la mano en caso de que se requiera. Esto era más necesario los primeros meses en que estábamos con LME, pero como sea es útil. También he notado que la plática del preámbulo dura menos. En cierta forma, esto significa menos socialización con los otros, pero en definitiva suelen ser juntas más efectivas laboralmente hablando.

3. O una cosa u otra. He tenido que aceptar que no se puede todo. Si quiero preparar yo misma desayuno, comida y cena, por ejemplo, tengo que saber que ese día no haré nada de trabajo remunerado. Y al revés, si necesito entregar un trabajo, entonces es preferible comprar comida hecha y simplificar desayuno y cena. Algo similar pasa si mi bebé está particularmente inquieto. He notado que se queda más tranquilo si me ve haciendo limpieza que si me ve delante de la computadora. Así que si un día no me deja hacer nada que implique computadora, mejor lo dedico a limpiar o lavar ropa. O de plano a jugar con él y, de paso, estimular su aprendizaje y enseñarle algunas cosas básicas como guardar los juguetes al terminar de usarlos, o acompañarlo en su proceso de socialización con otros niños de la cuadra.

4. Cambiar de ambiente. He notado también que León suele ponerse más inquieto si pasa mucho tiempo en un lugar, particularmente en la estancia donde tengo mi escritorio. Así que a veces mis actividades se convierten en una especie de rally. Barro aquí, ordeno allá, leo aquí, edito allá. El uso del ipad y de aplicaciones para editar como Pdfnotes, Pages, o para llevar mis documentos simultáneamente como Dropbox y iCloud me han servido mucho.

5. Involucrar a mi hijo en mis actividades. Esto es más fácil, dada su edad, en las tareas de la casa. Y uno tiene que aceptar que su ayuda es, bueno, peculiar. Pero aquí lo importante es hacerlo parte del equipo familiar, y no tanto qué tan bien sacudido queda o si tenemos que volver a barrer.

6. Trabajo en equipo y comunicación. Mi pareja y yo, desde siempre, participamos en todas las tareas y nos ayudamos también en nuestras actividades laborales. Con la llegada de León, durante los primeros meses él básicamente se encargó de la limpieza porque mucho del cuidado del bebé dependía de mí. Pero cumplido un año y sin un trabajo estable, yo sentí que ahora la responsabilidad de la casa era más cosa mía, cosa que me estresaba demasiado. Tuve que aclarar mi mente, identificar por qué sentía esto y, sobre todo, ser muy clara para pedir ayuda. Si uno no dice “necesito que hoy o mañana me ayudes en tal cosa” es difícil que el otro adivine nuestros pensamientos. Ahora hemos vuelto a como hemos sido siempre: los dos colaboramos en lo que se necesita, lo mismo cambiar un pañal que lavar un plato o editar un texto.

7. Ser realista. Esto significa no aceptar más trabajo del que soy capaz de manejar y, de entrada, no aceptar proyectos con calidad de urgente. Suena fácil, pero yo estaba acostumbrada a estar involucrada en muchos proyectos a la vez y, de igual forma, las personas estaban acostumbradas a un ritmo de trabajo de mi parte que ya no me es posible mantener. Así que constantemente tengo que recordar este punto.

8. Dormir bien. Hay personas que pueden dormir cuatro horas y seguir con sus días, pero yo no soy de esas. De nada me sirve pretender trabajar por las noches si al día siguiente voy a estar de mal humor. Entonces, decidí que es mejor tener una mamá descansada. Así, además, soy más productiva y estoy más concentrada en esos minutos en que puedo dedicarme a pendientes laborales.

9. Entender que mi prioridad, en este momento, es mi hijo. Mi hijo llegó porque así lo decidimos y deseamos su padre y yo. Más: cualquier hijo, planeado o no, llega al mundo porque así lo deciden sus procreadores. Uno debe estar consciente del compromiso que adquirimos al decidir traer un bebé a este mundo, y responder a él. En términos prácticos, esto a veces significa rechazar un proyecto tentador y prometedor para nuestras carreras profesionales, pero que sabemos significaría dejar en segundo lugar a nuestra vida familiar. Menos dramático, significa también darme tiempo para llevar a León al parque o, por lo menos, para jugar con él un buen rato todos y cada uno de los días. De esta manera, él también está más dispuesto a tener paciencia y esperar a que llegue el momento de salir a jugar, porque sabe que efectivamente ese momento llegará y no son promesas vacías. Por otra parte, me permite disfrutar libremente, sin culpas ni presiones, la alegría inmensa de compartir estos días con mi pareja y mi hijo.

Trabajar desde casa

Combinar el trabajo con la paternidad no es fácil, en cualquiera de sus combinaciones: sea que uno decida trabajar en la casa, trabajar con remuneración desde casa o trabajar con remuneración fuera de casa. Cada una tiene sus retos, sus altas y sus bajas. Cada una conlleva sus momentos de duda: ¿estaré haciendo lo correcto?

Pero si algo se aprende en esto de ser mamá y papá es que eso de lo correcto… nunca se está seguro de qué es.

Pero henos aquí: hoy mi familia y yo cumplimos dieciséis meses de trabajar desde casa para amamantar y –ahora lo veo– para criar en libertad.

No, no siempre es fácil. Y no, no siempre me siento tan segura de mis decisiones. Pero lo cierto es que esos momentos de duda y de cansancio terminan siempre por reforzar mi convicción de criar a mi hijo yo misma. Y lo cierto es que jamás había tenido tan bajos niveles de estrés en mi vida adulta.

Antes, cuando practicaba Tai Chi, sentía cómo se relajaba todo mi cuerpo y dejaba ir el estrés. Ahora, sólo siento el agradecimiento de mi cuerpo por estirar y fortalecer mis músculos, pero no siento la dureza que antes siempre estaba ahí.

Justo ahora estoy por comenzar una nueva etapa: luego de que este semestre fue de pausas, de trabajos eventuales, de dedicarme mucho más a mi hijo y a la casa, regresan mis ganas de reincorporarme a la investigación y a la creación.

Sí: mi sueño dorado era conseguir una beca para escribir que me permitiera quedarme en casa con León y hacer esas dos actividades que tanto me gustan sin tener que preocuparme por las cuentas por pagar: No quiero nada, ¿verdad? Pero no se dio.

Ahora, si deseo reincorporarme a la investigación tengo que reincorporarme a la academia, y eso significa dar clases. En agosto, si todo sale bien, tendré un grupo en la universidad. Un grupo. Suena poco, pero a veces siento un poco de miedillo de ver cómo será este regreso al mundo laboral más formalmente.

De cualquier manera, mi pareja y yo hemos decidido que continuaremos como hasta ahora: criando a nuestro hijo entre los dos, trabajando desde casa el mayor tiempo posible.

Amamantar: tiempo para aprender

Luego de cumplir el año, León se muestra cada día más interesado por aprender todo del mundo. Uno de sus pasatiempos favoritos consiste en señalar objetos para que su padre o yo le digamos el nombre correspondiente. Y esto lo ha hecho con más insistencia durante sus tomas diurnas y, sobre todo, en la toma antes de dormir.
Como se imaginarán, lo que señala mientras mama son diferentes partes del rostro, ya sea el mío o el de él. Así, a estas alturas ya sabe cuál es la nariz, la frente, los labios, los dientes, la lengua, los pies, las orejas, las mejillas, el cabello, la cabeza, el pecho y el cuello.
Eso me dio una idea para esta entrada: amamantar también es un tiempo para aprender.
Sí: confieso que hay días en que yo misma siento que quizá tengan razón cuando me dicen que amamantar me quita mucho tiempo. Pero hace poco, cuando su abuelo le preguntó dónde está la nariz y él señaló su nariz sin titubeos, la sorpresa del abuelo creció a la par que una sensación de satisfacción y orgullo que, sin duda, muchas madres conocen.
Entonces me doy cuenta de que no es que me quite tiempo, sino que toma tiempo. Pero, caray, ¿que acaso no está en la naturaleza de los niños necesitar tiempo y atención por parte de su cuidador, máxime si son sus padres? Quizá si tomara en biberón podría tumbarse a ver la tele y yo podría hacer otra cosa. Quizás no. Pero quizá también mi hijo requeriría más tiempo y más atención en otros momentos.
Lo que sé ahora es que amamantar, si bien toma su tiempo, me permite aprovechar nuestro tiempo juntos, pues no sólo se trata de alimentar, sino de reforzar nuestro vínculo, de aprovechar cada instante para decirle que lo quiero y, ahora, de redescubrir el mundo junto a él.

Lactancia materna, crianza y género: a propósito de una campaña

Ya es bien conocida la polémica que desató la campaña del Gobierno del Distrito Federal para fomentar la lactancia materna. En el camino, me tocó escuchar y leer todo tipo de comentarios, desde aquellos que defendían la campaña hasta aquellos, los más, que la criticaban por considerarla machista e irreal. Como madre que amamanta a su hijo desde hace ya quince meses, beneficiaria de La Liga de Leche y colaboradora del sitio lactivistas.org, no puedo ignorar el asunto.

En general, tanto la campaña misma como las críticas que suscitó reflejan la poca información que existe sobre la lactancia materna y todos los mitos que, en cambio, la rodean. Con todo, dos cosas hay que reconocerle a la campaña: logró que se hablara del tema mucho más de lo que se había visto con esfuerzos similares y, aunque no tengo estadísticas al respecto, sí creo que hay más probabilidades de que una mujer joven quiera parecerse a Camila Sodi, por ejemplo, que a una mujer que no conoce y que se ve más o menos como el promedio. Ahora bien, estoy de acuerdo en que uno de los errores de la campaña es que las fotos se prestan a la asociación sexual de los senos femeninos, que es precisamente uno de los grandes tabúes que dan tanta lata cuando se amamanta en público, máxime cuando el lactante en cuestión sobrepasa los doce meses de edad. Mucho pueden aprender de la campaña Be a star, que dirigen mujeres jóvenes en Inglaterra y la cual logra, con mayor éxito en mi opinión, mostrar que amamantar puede tener mucho de glamour y empoderamiento femenino si de eso se trata.

Pero mucho más me sorprendieron las críticas. Mencionaré un par de ellas.

Una de las críticas que más encontré fue el hecho de que la campaña no parecía respetar el derecho que cada madre tiene de amamantar o no a sus hijos, o bien que es una decisión privada que no compete al Estado. Definir dónde está el límite entre lo público y lo privado es peliagudo: pero venga, si se trata de una decisión privada, que sea una decisión informada, y entonces descubriremos que no da lo mismo amamantar que no hacerlo. Podemos empezar tan solo con la amplia recopilación Cuantificación de los beneficios de la lactancia materna: reseña de la evidencia (a la que ya antes he referido), realizada gracias al apoyo de diversas instituciones y organizaciones tales como la Organización Panamericana de la Salud, entre otras, y que, como su nombre lo indica, contiene una serie de reseñas de investigaciones científicas realizadas en diversas partes del mundo sobre los efectos de la lactancia materna en la morbilidad y la mortalidad infantil, el desarrollo intelectual y motor, enfermedades crónicas tales como la diabetes y la hipertensión, la salud de la madre y los beneficios económicos que se asocian con su práctica.

Lo cierto es que, en sus casi doscientas páginas, una y otra vez es posible observar la tendencia que confirma, estudio tras estudio, que nada puede igualar los efectos positivos de la leche materna tanto en los niños como en sus madres y, más allá, en sus familias y comunidades. Quizá para una mujer que esté leyendo estas páginas no queda claro el impacto de la lactancia en la comunidad, pero para estratos sociales más bajos, fomentar la lactancia materna significa una menor tasa de mortandad entre niños menores de cinco años (hasta un 40% de acuerdo con la Unicef), menor frecuencia de enfermedades y alergias y, por lo tanto, menor gasto en visitas a médicos, hospitales y medicamentos, y mayor ahorro en tanto que no se necesita gastar en biberones o leche artificial.

Además, los bebés amamantados en libertad, cargados frecuentemente y que duermen con sus padres, son bebés que tienen un menor riesgo de presentar desórdenes emocionales en su vida adulta.

Existen también otros estudios, como el de Macías-Carrillo y otros autores, que demuestran que un bebé alimentado con biberón tiene mucho más riesgo de padecer diarreas agudas, independientemente del nivel socioeconómico en el que se desarrolle. Esto significa, efectivamente, que alimentar con biberón es un riesgo, sobre todo en los tres primeros meses de vida del bebé. De hecho, existen recopilaciones de estudios sobre los riesgos que conlleva alimentar a un bebé con leche artificial, los cuales incluyen una mayor propensión al asma, a alergias alimenticias, enfermedades respiratorias en general, mayor riesgo de cáncer y otras enfermedades crónicas y menor desarrollo cognitivo.

Cuando la promoción de la lactancia materna se hace desde esta perspectiva, muchas madres que, por diversas circunstancias, no pudieron amamantar a sus hijos suelen sentirse juzgadas. Pero no se trata de un juicio moral: es mera evidencia. ¿De dónde viene la interpretación moral? Me aventuro a pensar que la respuesta tiene que ver con varias estadísticas que aseguran que, si bien la mayoría de las personas consideran que es mejor la leche materna y que la mayoría de las madres desean amamantar a sus hijos, los números caen dramáticamente luego de las seis semanas de vida del bebé, lo que coincide, por otra parte, con la finalización del permiso por maternidad que suele darse en los trabajos formales. Es decir, las madres desean amamantar, pero el ambiente que las rodea no favorece esta práctica: ya sea porque no contaron con el apoyo necesario para superar algunos obstáculos frecuentes (grietas por una mala postura, obstrucciones que derivaron en mastitis, poco aumento del peso del recién nacido por un mal acomodo del bebé, en fin), sea porque se vieron envueltas en mitos (tu leche no lo llena, déjalo llorar, dale un chupón, etcétera), o ya sea porque a su vuelta al trabajo no encontraron facilidades para continuar con la práctica, tales como la falta de lugares y horarios propicios para extraer y almacenar la leche materna.

En este sentido, y concentrándonos en México, si en nuestro país, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, las enfermedades crónicas tales como la obesidad, la hipertensión y la diebetes aumentan su prevalencia y su porcentaje como causa de mortalidad, mientras que enfermedades asociadas a la desnutrición prevalecen por encima de los niveles observados en otros países con ingreso similar al nuestro, a pesar de los esfuerzos para contrarrestar ambos fenómenos, se espera que se tomen medidas para prevenir tanto lo uno como lo otro.

Entonces, si el Estado promueve campañas pro lactancia materna y legislaciones que la favorezcan, en realidad está haciendo su trabajo: en lo que atañe a la salud pública, por un lado, y protegiendo los derechos laborales de sus ciudadanos, por el otro, específicamente los derechos laborales de las madres.

Otro de los comentarios que leí fue que la citada campaña refuerza la idea de que la crianza es cosa de mujeres, y que deberían informar y promover que los padres alimenten a sus hijos con leche materna extraída. Esta crítica me parece por demás desafortunada. Refleja, a mi juicio, un pobre entendimiento de las necesidades de un bebé y un limitado concepto de familia.

Un bebé no sólo necesita ser alimentado, necesita que lo carguen, que lo bañen, que lo limpien, que le canten, que lo estimulen, que lo acompañen y, luego de los seis meses, que lo inviten a descubrir toda la gama de texturas, sabores y olores que ofrecen otros alimentos. El vínculo afectivo entre el bebé y el cuidador que no amamanta (padre, otra madre, abuelo, abuela, tía, hermano, etc.) puede darse de múltiples maneras.

Y es más, toda la dinámica familiar es mucho más compleja. Daré un caso concreto: en prácticamente todo el primer año de vida de mi hijo, la limpieza de la casa recayó en mi pareja. Esto, que a primera vista parecería no tener nada que ver con la lactancia o la crianza, tuvo un fuerte y positivo impacto en ambos: tuve la fortuna de amamantar con plena libertad, y un ambiente de tranquilidad se refleja en un bebé más tranquilo. En efecto, el estrés en la madre provoca que los niveles de cortisona, la hormona del estrés, suban en el niño, lo amamante o no, porque es un instinto de supervivencia: el bebé desconoce la causa del estrés; para él, la situación estresante significa peligro, y actuará según le dicta su instinto para sobrevivir: hará lo necesario, llorar sin parar si es preciso, para permanecer al lado de su madre o de su cuidador.

Algunas críticas asociaron la lactancia materna y su promoción al refuerzo de ciertos estereotipos sociales, cuando en realidad apoyar a la madre que amamanta implica un mayor involucramiento de la pareja en todo lo que se refiere al cuidado del hogar y la crianza de los hijos, máxime si hay hijos mayores en la familia.

Pensar que el amamantar frena el desarrollo intelectual y laboral de la madre me parece un profundo error y un desconocimiento total de lo que significa e implica su práctica. Y diré más: considerar que la equidad de género y que el desarrollo de la mujer sólo puede darse por la vía laboral restringe el tema a una lógica del capital donde sólo se es valioso si se produce, y si lo que se produce genera riqueza. Vale la pena cuestionarse si no deberíamos empezar a pensar diferente.

Lactancia materna, colecho y cognición (parte 2)

Ya en una entrada anterior hablé un poco sobre algunos estudios relativos al tema, y me enfoqué en un número de Clinical Lactation sobre algunas técnicas de crianza que recomiendan dejar llorar al bebé para acostumbrarlo a dormir solo o a tener horarios en su alimentación. En esta ocasión quiero concentrarme en los efectos que tiene la lactancia materna en libertad que incluye, en su definición, la práctica del colecho y el amamantar a libre demanda.

Sobre el tema, les recomiendo la amplia recopilación Cuantificación de los beneficios de la lactancia materna: reseña de la evidencia, realizada gracias al apoyo de diversas instituciones y organizaciones tales como la Organización Panamericana de la Salud, entre otras, contiene una serie de reseñas de investigaciones científicas realizadas en diversas partes del mundo sobre los efectos positivos de la lactancia materna en la morbilidad y la mortalidad infantil, el desarrollo intelectual y motor, enfermedades crónicas tales como la diabetes y la hipertensión, la salud materna y los beneficios económicos que se asocian con su práctica.

Uno de los aspectos valiosos, a mi juicio, de este trabajo, es que en las reseñas de las investigaciones se incluye información sobre la metodología utilizada, el tamaño de las muestras y las definiciones de lactancia materna que se usaron en cada estudio. Así, si bien es claro que la intención es hablar de los beneficios de la leche materna, también distingue en cuáles estudios la evidencia es más significativa y en cuáles hay que tomar en cuenta aspectos que podrían haber intervenido en las conclusiones finales.

Lo cierto es que, en sus casi doscientas páginas, una y otra vez es posible confirmar la tendencia que confirma, estudio tras estudio, que nada puede igualar los efectos positivos de la leche materna tanto en los niños como en sus madres y, más allá, en sus familias y comunidades.

Así, por ejemplo, ante la presión que suele darse, sobre todo en Latinoamérica, para iniciar la alimentación complementaria a los cuatro meses, contrastan los resultados del estudio llevado a cabo por Dewey, Cohen, Brown y otros, en Honduras. En él, compararon los efectos en el desarrollo motor de bebés alimentados exclusivamente con leche materna durante cuatro meses y el de aquellos bebés que continuaron con leche materna exclusivamente hasta los seis meses. De acuerdo con estos autores, los lactantes que recibieron leche materna únicamente durante los primeros seis meses de vida gatearon más temprano, se sentaron solos más rápido y tendieron a caminar a los doce meses de vida, en comparación con los lactantes que iniciaron su alimentación complementaria a los cuatro meses.

Ello me hace recordar los comentarios que recibí, precisamente, entre los cuatro y los seis meses de vida de León. León era un bebé grande y pesado y esto, en lugar de ser una prueba de que la leche materna era todo lo que él necesitaba, era usado para convencerme de que ya necesitaba otro tipo de alimentación y que mi leche ya no le era suficiente. Y, por otra parte, para todos era sorprendente lo rápido que se desarrollaba en sus habilidades motoras: se sentó sin ayuda a los cinco meses, empezó a gatear a los seis, dio sus primeros pasos a los nueve y caminó ya por su cuenta al final de los diez meses.

Los beneficios de la leche materna parecen ser más reveladores en bebés con bajo peso al nacer, como el dirigido por Horwood, Darlow y Mogridge en Nueva Zelanda. En él, se evaluaron las puntuaciones del cociente intelectual de la capacidad verbal y de ejecución, obtenidas con la escala de inteligencia infantil de Wechsler, de 280 lactantes con muy bajo peso al nacer, nacidos en 1986 y evaluados entre los siete y ocho años de edad. La duración de la lactancia materna se asoció significativamente a las puntuaciones del cociente intelectual. Así, por ejemplo, los lactantes amamantados durante ocho meses o más tuvieron en promedio una puntuación del cociente para la capacidad verbal 10,2 mayor y una puntuación del cociente para la capacidad de ejecución 6,2 puntos mayor que los lactantes no amamantados.

Por supuesto que aquí entran una serie de factores socioeconómicos que influyen a nivel perinatal y familiar pero, inclusive tras ajustar los resultados por estos y otros factores, los bebés amamantados por más tiempo registraron mejores puntuaciones.

Otro caso es el estudio de Anderson, Johnstone y Remley, dirigido en escenarios urbanos y rurales de diversos países tales como Reino Unido, Estados Unidos de América, Australia, Alemania, Nueva Zelanda y España, y en el que se usaron pruebas de desarrollo cognitivo como las escalas de Bayley, la prueba de vocabulario en imágenes de Peabody, el índice cognitivo general de las escalas McCarthy y también la escala Wechsler. Según sus resultados, el beneficio medio sin ajuste observado en la puntuación del desarrollo cognitivo correspondiente a la lactancia materna, en comparación con la alimentación con fórmula, osciló entre 5 y 6 puntos. Tras el ajuste –es decir, luego de considerar la influencia de otros factores además de la alimentación–, la diferencia disminuyó a 3,16 puntos, pero permaneció siendo significativa. Y precisamente el grupo en el que se observó el mayor beneficio de la leche materna fue en el de niños y niñas con bajo peso al nacer, y este beneficio se observó más en aquellos niños amamantados por más tiempo.

Los resultados se corroboran en otros estudios llevados a cabo en diferentes países y con diferentes variables, tales como el nivel de educación de los padres, la zona geográfica y el nivel socioeconómico familiar. Con diversas variables, la lactancia materna se sigue asociando con mayores puntuaciones en las escalas de desarrollo mental, y son mayores cuando la lactancia materna continúa ocho meses o más.

Me llama la atención que en los diferentes estudios, los periodos de duración de la lactancia materna no suele distinguir más allá de los ocho meses. Es decir, cada estudio varía en sus categorías de duración, pero se observa consistentemente que todas incluyen una última categoría de N meses/semanas o más que no sobrepasa el año. Ello me lleva a pensar que es muy difícil encontrar bebés amamantados más allá de sus primeros doce meses de vida. Además, la práctica prolongada de la lactancia materna se asocia también a un mayor nivel educativo y socioeconómico de la madre, lo que dificulta la eliminación de factores de confusión no controlados en pruebas de inteligencia en estudios longitudinales.

Así, por ejemplo, el de Rodgers, un estudio prospectivo de una muestra de 5,362 bebés a quienes se les realizó un seguimiento durante quince años, y si bien en este estudio también se asoció la lactancia materna con mayores puntuaciones en pruebas de inteligencia, es difícil establecer un resultado contundente que apunte solo a la lactancia materna cuando ésta está fuertemente relacionada con la educación y el nivel socioeconómico de la madre.

También en Monterrey veo este fenómeno que no deja de sorprenderme, y es que es muy común que la práctica de la lactancia materna se abandone con facilidad en clases sociales bajas. Por supuesto que la falta de información puede jugar un papel determinante pero, dado que la leche artificial conlleva gastos extra en el cuidado de un bebé, resulta extraño que las instituciones públicas de salud no inviertan más en campañas de información y, en lugar de eso, regalen latas de leche en polvo a las madres derechohabientes. El tema amerita más investigación y da para otra entrada.

Sobre la alimentación complementaria

Debo empezar por recordar que esto que escribo es producto de mis experiencias y reflexiones personales, y que de ningún modo soy una experta en estos temas.

Justo hace un par de semanas, luego de que mi hijo -ya de trece meses- comía de todo y cada día con mayor apetito, pasó por un periodo en el que sólo quería leche materna, y no aceptaba otro alimento. Me preocupé un poco pues, inclusive en los sitios que promueven la lactancia materna en libertad, leía que, a diferencia de los primeros doce meses de vida del bebé en que la leche materna es su principal alimento, luego del año el niño debe comer más de otros alimentos. Mi preocupación terminó cuando me di cuenta que mi hijo volvía a pedirme otros alimentos, con el mismo interés y apetito que había mostrado anteriormente. Entonces me percaté que la semana en que sólo quería leche había coincidido con eventos extraordinarios: la inflamación de su encía superior por la próxima aparición de los incisivos, una pequeña irritación de garganta por el cambio de invierno a primavera y la alteración de la rutina familiar con más salidas y distracciones que de costumbre.

Esta mañana tengo a los abuelos paternos de visita. A veces me da un poco de pena que lleguen mis padres o mis suegros y vean que vivimos sin horarios, que nos levantamos un poco tarde y que tardamos horas en el desayuno. Y es que, con todo y que mi suegra o mi mamá siempre están dispuestas a ayudar, eso de desayunar y limpiar la cocina con un bebé puede tomar más tiempo de lo que se cree.

Pero hoy caí en la cuenta de lo importante que es tomarse su tiempo, y lo importante que resulta estar en casa con un bebé que apenas está conociendo el mundo y que está en un momento clave en su desarrollo en todos los sentidos.

Y es que hoy, que el desayuno se alargó más de lo acostumbrado, León comió de todo: naranja, papaya, tortilla, barbacoa, aguacate y hasta una galleta. Claro: no se comió todo de una sola sentada. Lo que sucedió es que primero nos vio comiendo fruta y se le antojó, y mientras digería esos alimentos estuvo conviviendo con todos en la mesa. Luego nos percatamos de que no había tortillas y abuela y bebé se ofrecieron a ir –caminando, pues tenemos una tortillería cercana– por ellas. A su regreso, claro, ya le había dado más hambre, y se sentó de nuevo con todos a almorzar.

Caí en la cuenta de que eso es lo que pasa cuando estamos los tres solos en casa. Mi hijo tiene la libertad pero, sobre todo, la oportunidad de que yo o su papá estemos ahí para que nos señale ya su sillita, ya los alimentos, ya el refrigerador. A su modo, nos dice que tiene hambre, y uno puede tomarse el tiempo de prepararle alimentos variados antes de que el hambre se manifieste en llantos o rabietas.

Doce meses amamantando

Hemos cumplido ya doce meses de lactancia materna y eso merece una reflexión. Van algunos apuntes.

Cosas que disfruto de amamantar a un bebé de doce meses:
– Que mi bebé me demuestre con sonrisas y ruidillos de emoción lo feliz que se siente cuando sabe que lo voy a amamantar.
– Que me acaricie mientras toma su leche.
– Que aplauda y sonría mientras toma su leche.
– Que, al terminar, chasquee su lengua en señal de “deliciosa, mamá”.
– Que balbucee “tetita” en voz muy suave mientras me busca, dormido, por las noches.
– Esa sensación de ser casi todo lo que necesita para ser feliz. Al menos por ahora y sin olvidar el sutil pero importante “casi”.
– Por supuesto, que a la fecha no sepamos ni de desvelos ni de enfermedades ni de llantos interminables.

He aprendido en estos doce meses: a amamantar en libertad, sin horarios ni relojes.

Recuerdo que al inicio me estresaba mucho ver que ya eran las once de la mañana y yo apenas había podido preparar el desayuno y desayunar, ya no se diga bañarme y limpiar la cocina y tender la cama y, ¡uf!, mientras más pensaba en la lista de cosas no hechas más me estresaba. Recuerdo que, aunque disfrutaba amamantar a mi hijo, no podía evitar mirar el reloj cada cinco minutos y preguntarme cuándo me soltaría para poder hacer esto y lo otro y aquello…
Hasta que leí que, para amamantar felizmente, había que olvidarse del reloj.

Es un lujo, lo sé. Pero de pronto caí en la cuenta de que yo podía darme ese lujo. Y aun más, que ese lujo en realidad es un acto de amor que repercute en lo que más me importa: mi familia.

Y, poco a poco, me fui olvidando de los horarios para todo.

Eso es lo que más disfruto de trabajar desde casa: no tengo por qué exigirme horarios rígidos.

A veces nos levantamos más temprano y a veces nos dormimos más tarde. A veces mi hijo toma siestas y a veces no. A veces comemos a unas horas y a veces a otras. A veces limpiamos la casa por las mañanas y a veces por las tardes. Hay días que avanzo mucho en los trabajos remunerados que me encargan y otros días simplemente no puedo ni acercarme a la computadora. Hay días en que bañamos a nuestro hijo al despertar, otros al medio día y otros antes de acostarnos. Hay días que preparo la comida y otros compramos comida hecha. Y lo curioso es que ahora la casa tiene más orden y está más limpia.

Jamás me imaginé una maternidad así.

Sé que eventualmente tendremos que tener horarios más rígidos.

Pero qué felices somos por ahora.

La maternidad y sus demonios

Creo que todas las madres tenemos nuestros propios demonios.

El mío, por ejemplo, es esa sensación de parto robado, una mezcla de emociones por no haber dado a luz a mi hijo solo con mi cuerpo y haber terminado en cesárea, cesárea respetuosa quizá pero cesárea al fin, un no sé qué que no termino de aceptar y procesar a ya un año de distancia.

Parte de esa mezcla de emociones incluye: me faltó valentía para confiar en mi cuerpo, me faltó tener a la mano más información para saber si realmente era mi mejor opción, siento que ganó el miedo de hacer algo que pusiera en riesgo a mi bebé y no la seguridad de hacer lo mejor.

Para otras madres y padres, esos demonios pueden incluir no haber podido amamantar, no haber cargado tanto a sus hijos por temor a malcriarlos, dejar sus hijos al cuidado de otras personas, en fin.

En cambio, con el tema de la crianza con apego yo he gozado de mucho apoyo de muchos frentes. Me siento afortunada y eso me permite vivir una maternidad plena y feliz.

Por eso, siento una especie de responsabilidad de compartir mis experiencias, de compartir la información que tengo a la mano y que, pienso, pueden ayudar a otros padres y a otras madres a disfrutar plenamente esta experiencia. Pero nunca con el ánimo de juzgar.

Al contrario. En todos estos temas me duele pensar en lo difícil que fue para mi madre su propia maternidad. No puedo regresar el tiempo y cambiar su historia, pero con suerte puedo ayudar a que su historia no se repita en otras mujeres y en otros bebés.

Estoy de acuerdo con la iniciativa de la paz entre las madres sin importar su propio estilo y sus propias decisiones, pero también creo que, si tuvieran el apoyo adecuado para enfrentar las dificultades de la maternidad y la información sobre los enormes beneficios del parto natural, de la crianza en brazos y de la lactancia materna, así como de los riegos que conllevan las cesáreas, la lactancia artificial y el forzar la independencia de los bebés, muchísimas más madres se animarían a confiar en sus cuerpos y en sus instintos.

Estoy segura de que, si así fuera, el porcentaje de madres que amamantan más de seis meses contra las que dejan de amamantar sería exactamente el opuesto al que es ahora.

No se trata de buscar una maternidad perfecta. Como escribí cuando estaba embarazada, me parece que de lo único que se puede estar seguros al momento de ser padres es que cometeremos muchos errores. Somos humanos. Y nuestros hijos también.

Es cierto que no podemos regresar el tiempo, pero sí podemos hacer cosas ahora para preparar un mejor mañana para otros hijos futuros o para futuros nietos. Me ha dado mucho gusto conocer a mujeres que no pudieron amamantar a sus bebés y que ahora llevan a sus hijas embarazadas a las reuniones de la Liga de la Leche para que ellas tengan más apoyo.

Me gusta pensar que con esto que escribo puedo contribuir a la tranquilidad y la felicidad de otros bebés y de otros padres.

Con todo mi amor.

Lactancia materna, colecho y cognición (parte 1)

En las últimas décadas, el desarrollo de las ciencias cognitivas ha permitido estudiar con mayor profundidad cómo funciona la mente humana en toda su complejidad. Entre otras cosas, por ejemplo, han disipado la división mente-cuerpo, y han demostrado la estrecha relación que tienen nuestras experiencias corporales, nuestras emociones y nuestras capacidades cognitivas.

Pues bien, uno de estos hallazgos es el efecto que tiene el cortisol, la hormona del estrés, en el hipocampo, la zona del cerebro dedicada al aprendizaje y la memoria. Mientras mayor es el sometimiento de estrés, mayor es el impacto en las células cerebrales.

En junio de 2013, la revista Clinical Lactation dedicó un número para hablar de diversos estudios que han encontrado que muchas de las técnicas para enseñar a un bebé a dormir solo o a ser independiente elevan sus niveles de cortisol. Específicamente, dejar llorar a un bebé para que duerma solo, para que no se acostumbre a los brazos o para que establezca un horario de alimentación, impacta directamente en su cerebro. El bebé o el niño puede dejar de llorar luego de unos días, pero los altos niveles de cortisol siguen ahí.

Como señala Kathleen Kendall-Tackett en el mismo número, los efectos parecen no ser tan dañinos a largo plazo si estas técnicas se acompañan de una paternidad responsable pero, ante esta evidencia, ¿cómo no promover que los padres abandonen este tipo de técnicas y, por el contrario, animarlos a amamantar en libertad, a compartir su lecho con sus bebés y a darles seguridad y cariño siempre que lo necesiten?

Dejando de lado un poco la evidencia científica, lo cierto es que el lecho se comparte con el bebé desde el embarazo, y desde entonces nos despertamos con sus movimientos y empezamos a adoptar otras posiciones para dormir. Un bebé está acostumbrado a nosotros desde el vientre. Por eso, en los casos donde no es posible practicar el colecho (si los padres son fumadores, por ejemplo), se recomienda atender, consolar y alimentar al bebé siempre que se despierte por las noches.

No por nada es tan común escuchar a muchas mujeres decir que, cuando escuchan el llanto de un bebé, sienten una urgencia por tomarlo en brazos y consolarlo.

Si quieren saber más pueden consultar el volumen 4, número 2 de Clinical Lactation aquí: http://www.clinicallactation.org/

De profesionista con doctorado a ama de casa

Algunas mujeres que son madres y tienen un trabajo remunerado fuera de casa se sienten ofendidas con términos tales como”mamá de tiempo completo”. De la misma manera, otras pueden molestarse con la distinción entre “madres que trabajan y madres que no”. Para mí, lo que está en el fondo de estos términos y estas distinciones es el descrédito de las mismas mujeres –por supuesto, no de todas– hacia las labores relacionadas con el hogar y la crianza de los hijos.

Al respecto, me parece muy ilustrativa una imagen que publicaron en un diario en ocasión al día de la mujer. La imagen mostraba a una mujer delgada, bien vestida y con labios pintados que sostenía, con una mano, una serie de globos con artículos de oficina y, con la otra, otra serie de globos con artículos relacionados con la casa y los hijos. ¡Menuda liberación femenina!, pensé: Ahora, para aspirar a una imagen de éxito ya no sólo basta con tener la casa limpia y ordenada, los hijos pulcros y bien educados, mantenerse delgada y bella, sino que es necesario además tener un buen puesto en alguna organización y un sueldo asegurado. A ello hay que sumarle, por si fuera poco, tener tiempo para hacer ejercicio y salir con las amigas regularmente, porque hay que darse tiempo para una misma.

Así, si una mujer llega a cierta edad soltera y sin hijos, aunque corra maratones y viva holgadamente, seguro que constamente se verá cuestionada sobre el matrimonio o la maternidad. De otra parte, si una mujer decide dejar su carrera profesional para dedicarse a sus hijos, igualmente se topará con cuestionamientos. En efecto, si un tiempo era mal visto que una mujer pensara en estudiar y trabajar, ahora parece que está mal visto que una mujer, sobre todo si tiene una carrera profesional, piense dedicarse exclusivamente a su hogar.

Recientemente terminé mi doctorado –¡Sí! ¡Logré mi meta, amamantando libremente y todo!– y por diversos motivos decidí posponer una búsqueda de empleo formal y sigo trabajando desde casa. Así que ya me tocó escuchar la frase que uso como título de esta entrada, y no precisamente como un cumplido. Lo más triste es que la escuché de una mujer que es, precisamente, ama de casa.

Si un ascenso laboral significa mayor responsabilidad, ¿por qué este cambio no es percibido como un ascenso? ¿Acaso criar a un hijo no es un trabajo con un impacto social altísimo? ¿Por qué una tarea parece ser importante sólo si puede medirse en términos financieros?

El poco crédito que suele darse a quienes se dedican a la casa y a los hijos se da tanto para hombres como para mujeres. Conozco también casos de hombres que trabajan o han trabajado, con remuneración o no, desde casa, y tampoco reciben mayor aprobación o menos cuestionamientos. ¿Por qué, entonces, tal descrédito al cuidado de un hogar?

Creo sinceramente que no trabajan más aquellos que salen de casa ni los que nos quedamos. Creo, más bien, que deberíamos ampliar nuestro concepto del trabajo y del éxito, y empezar a ver que hay muchísimas maneras –y no sólo una o dos– de formar un hogar y de ser feliz.

 

La sexualidad durante la lactancia

Muchas de las entradas de este sitio las he pensado precisamente mientras amamanto a mi hijo. Una de esas entradas que traía pendientes es la que incluye el tema de la sexualidad. De las muchas mujeres, comenzando por mi madre, con quienes he compartido diferentes experiencias y consejos sobre la lactancia materna, ninguna ha tocado el tema de la sexualidad. Quería tocarlo también junto con la entrada anterior, sobre lo importante que es el apoyo de la pareja para el éxito de la lactancia, pero lo cierto es que es un tema que merece una entrada aparte.

Pero resulta que, mientras la estaba preparando, encontré muchos enlaces en la web que hablan sobre el tema de una manera clara y amplia. Les comparto estos dos:

Como les digo, ninguna madre me ha platicado nada de viva voz, pero pienso que este silencio puede ser reflejo de lo mal que lo han pasado. Si uno de los efectos más comunes es la sequedad vaginal, no imagino lo difícil que debió haber sido mantener relaciones sexuales en generaciones anteriores. Una vez más veo lo afortunadas que somos al vivir en una época, no sólo de mayor apertura, sino con un acceso más fácil tanto a información útil como a soluciones para cada problema.

Creo que, para poder disfrutar la maternidad al máximo, es preciso amar a nuestro cuerpo.

El apoyo de la pareja en la lactancia

Desde que nació mi hijo, he sabido lo afortunados que somos por contar con el apoyo de papá para todo, y especialmente con la lactancia materna. En general, su apoyo ha consistido en cuidar y procurar que tanto yo como mi bebé estemos cómodos y nos sintamos protegidos. Esto se da en diferentes maneras.

Al inicio, fue crucial que mi pareja estuviera ahí como un guardián de nuestra intimidad: con la explosión de emociones luego de la cesárea, siempre supo cuándo necesitaba compañía, cuando necesitaba estar a solas con mi bebé, cuando necesitaba sus abrazos y, también, cuando necesitaba darme un baño largo y relajante.

El primer mes mi madre y mi suegra estuvieron con nosotros para apoyarnos. Pero en cuanto estuvimos solos los cuatro (papá, mamá, bebé y perro), ha sido mi esposo quien prácticamente se ha hecho cargo de la limpieza de la casa. Así que esos primeros meses, cuando parecía que dedicaba todo el día tan solo a amamantar, no tuve que cargar con la presión de, además, pensar en la casa. Tampoco le molesta si todos los días compramos comida en alguna cocina económica o comemos algo sencillo como pasta o atún. Esto, que parecería ajeno al tema de la lactancia, es sin duda una de las claves más importantes para el éxito de la misma: que tu pareja sepa que lo más importante es tu recuperación post-parto, que te sientas lo más cómoda y tranquila que sea posible para que esa tranquilidad se refleje en el bebé. Creo que nada ayuda tanto al momento de amamantar, sobre todo los primeros días, como un clima de paz.

En este sentido, la decisión conjunta de compartir la cama con el bebé ha sido otro punto importante. Él mismo insistía en que lo dejara dormir del lado de la lámpara de noche, y que lo despertara para prender la luz si lo necesitaba. Así, aunque medio dormido, estaba ahí por si necesitaba alguna almohada de apoyo o un vaso de agua, o por lo menos sentir que no sólo yo tenía que despertar en las noches.
Ahora que lo pienso, también fue él quien buscó en internet información y videos sobre diferentes posiciones para amamantar y, con ello, complementó lo que mi madre me había enseñado de su propia experiencia.

Mientras más lo pienso, veo que la lactancia no es un tema que implique solamente a la madre y al bebé. Es más, creo que no sólo atañe al ámbito familiar inmediato, sino que es un tema que abarca a la comunidad entera.

¿Para qué un club de lactancia?

Esa fue la pregunta que me surgió cuando supe, en los cursos de psicoprofilaxis, que existían. En cuanto nació mi bebé comprendí para qué.

Yo nunca me había cuestionado sobre la lactancia y, como ya he dicho en entradas anteriores, no hice mucho por investigar antes de dar a luz. Sólo sabía que era lo natural, que mi madre me había amamantado, que mi hermana había amamantado a su bebé y que, vaya, así debía ser. Mi madre nos había contado que ella había batallado mucho para iniciar la lactancia con mi hermana mayor: dolores, incomodidad, parecía que a mi hermana no le gustaba la leche y además perdía peso.

Además estaban otras experiencias cercanas que me hablaban de grietas en los pezones e inflamación en los senos, otras en que no les había salido “ni una gota” o que sus bebés no se prendían al pecho, y otras más en que la madre de un momento a otro dejaba de producir leche o que les habían dicho que sus hijos eran alérgicos a la leche de su madre, con su largo peregrinaje de fórmulas y los consiguientes episodios de cólicos, estriñimiento y dolor para hijo y mamá. Estas historias las he seguido escuchando de muchas madres que, al ver que continúo amamantando a mi bebé de ya siete meses, me cuentan sus propias experiencias  y sus demonios.

A pesar de estas historias nunca me cuestioné qué haría cuando llegara mi turno. Creo que esperaba que el insinto fuese suficiente. Pero al nacer León, lo que sentía contra lo que escuchaba y contra lo que leía empezaron a hacerme regresar a la pregunta: ¿para qué un club de lactancia?

Primero estaba aquello de que León tardaba mucho en comer y comía a cada rato: “mira, no está comiendo, nomás le gusta estar ahí pegado”, “es que a lo mejor tu leche está muy delgada y por eso no se llena”. Yo no sufrí mucho con eso de las grietas, pero sí sentía la hinchazón de mis pezones luego de amamantar al bebé, y un par de veces me sangraron. Mi madre me decía que me sacara un poco de leche y me untara, pero yo no veía que me saliera nada. Lo que hacía era ponerme bálsamo y eso me bastaba. Poco a poco, tanto mi bebé como yo fuimos adquiriendo más destreza y, en una semana, ya no volví a tener ningún dolor.

Luego empezó aquello de “acostúmbralo a la teta“. Pero para ese entonces ya tenía más información sobre la lactancia, y pude constatar todos los obstáculos a las que diferentes madres se enfrentan y por los cuales, muchas veces, terminan abandonando la lactancia materna.

Entonces llegaron los tres meses y, con ellos, el despertar de mi bebé a un mundo nuevo. Sus tres meses coincidieron con visitas familiares, así que había mucho ruido en casa. Resultado: León tomaba el pecho y lo soltaba al cabo de unos segundos; luego volvía a pedírmelo y, al instante, lo dejaba y comenzaba a llorar: “No quiere, mira”, “Déjalo que llore tantito”, “A lo mejor ya no se llena con tu leche”. Pero yo sabía que sí quería comer, y sabía ya que para que exista producción de leche sólo basta que haya estímulo. Así que seguí a mi instinto y buscaba la tranquilidad de mi cuarto: ahí, mi bebé volvía a ser el mismo bebé tranquilo y comía feliz. Armada con la información que tantos grupos de apoyo han puesto al alcance de una búsqueda, supe que estaba pasando por lo que llaman “la crisis de los tres meses“.

Los siguientes meses fueron más tranquilos. Si bien pronto comenzaron los comentarios sobre la alimentación complementaria, tengo la fortuna de que, tanto mis padres como mis suegros, respetan nuestras decisiones sobre crianza. Aún así mi padre -curiosamente- fue el más insistente en que le diera agua, con todo y que le he explicaba una y otra vez sobre la composición de la leche.

Felizmente cumplimos los seis meses de lactancia materna exclusiva, pero a cada paso encontré y sigo encontrando diferentes historias de mujeres que abandonaron la lactancia materna por una u otra razón. Y veo la importancia de las Ligas de la leche y los clubs de lactancia. Ahora miro con más atención a mi alrededor y veo cuan poco común es amamantar y cuántos biberones rodean el mundo del bebé.

Apenas hace unos días salimos al centro de la ciudad y vi a otra mujer dando el pecho, ahí, frente a todos, con suma tranquilidad, mientras veía unas blusas en una tienda. Su bebita era de un mes, a lo sumo. Me dio gusto por ellas. Minutos después León pidió comer y yo hice lo propio, en la misma tienda.

Ahora, a los siete meses y ya con alimentación complementaria, veo venir el cúmulo de comentarios que me esperan en los próximos meses, y sé que se agudizarán luego del primer año. Ya empezó: “dale mejor su papilla primero para que se llene y ya no te pida leche”, “conforme vaya comiendo más alimentos ya vas a ir dejando de darle pecho, ¿no?”, …

Sé que no son comentarios que busquen dañarme a mí o a mi bebé y por eso no me molestan. Por el contrario, me evidencian la falta de difusión sobre todo lo que se sabe ya sobre la leche materna y, de nuevo, por qué son tan importantes en estos tiempos los grupos de apoyo sobre lactancia.

 

Amamantar: tiempo para pensar

Estoy en la recta final para entregar mi tesis doctoral y lograr titularme en diciembre. Todavía no sé si lo voy a lograr pero estoy poniendo todo mi empeño.

Al principio –y todavía hay días así– me preocupaba mucho esos días en que mi bebé parece no querer soltarme, y sentía que no lo iba a lograr. Hoy fui a una asesoría de tesis y mi directora me felicitó por lo mucho que he avanzado con todo y el bebé. Fui también a una junta de mis compañeras de Fractal Editores, una editorial de la cual soy socia fundadora, pero de cuyas actividades me dado auto-licencia por maternidad y tesis.

Eso me hizo pensar que en todo el tiempo que me toma amamantar a mi bebé y el tiempo que le dedico cuando está despierto. Si antes me estresaba mucho, luego descubrí que vale más estar con él mientras está despierto, jugar y explorar el mundo juntos, porque así, cuando tiene hambre, se distrae menos, y su sueño es más profundo, lo que me permite avanzar más en mi trabajo. También descubrí otra cosa cuando me relajé con respecto al tiempo: y es que descubrí que, mientras amamanto a mi bebé, puedo pensar.

Parece cualquier cosa, pero ya desde antes de ser madre había platicado con varios amigos sobre el poco tiempo que, en el ajetrero de la vida diaria, nos damos para pensar, sólo para pensar. Antes de la llegada de mi bebé yo estaba involucrada en muchos proyectos. Por más que intentaba simplificar mi vida, y que periódicamente hacía una revisión para no saturarme, lo cierto es que seguía con muchas ocupaciones. Así que, en términos netos, el tiempo que le estoy dedicando a mi tesis sigue siendo el mismo, o inclusive hasta más, del que le dedicaba antes de que naciera León. Y definitivamente tengo muchísimo más tiempo para pensar.

Pienso en muchas cosas mientras amamanto: en mi bebé, por supuesto, en mi esposo, en mi madre, en mí, en la lactancia. Pienso en mi próxima novela, en un futuro ensayo sobre el miedo al cuerpo, en las investigaciones que quiero hacer luego de la tesis… Pienso en el ser, en la existencia humana. Sobre todo eso: pienso en el ser.

Acostúmbralo a la teta… (parte 2)

Uno de las presiones para usar teta artificial proviene, para mi asombro, de mi sobrina de cuatro años. Desde que nació su primo, me cuestiona una y otra vez cuándo tomará “su tetita”. También a ella le digo que mi seno es su tetita, pero ella replica: “No, pero la otra tetita. Los bebés tienen que tomar en teta.” Por eso, repito yo, esta es su teta.

Mi sobrina también me presiona para usar la carreola y la cuna.

Si lo pienso un poco, es comprensible su concepto de bebé. Para empezar, muchos bebés de juguete traen todo ese equipo: carreolitas, cunitas, mamilitas… De hecho, yo misma, antes de que naciera mi hijo, cuando pensaba en bebé tenía la asociación mental de esas mismas imágenes. Como los papeles y las bolsas para envolver regalos para bebés. En cambio, difícilmente una palabra como rebozo se me aparecía como primera opción. Y eso que mi madre nos amamantó y nos cargó en rebozo y canguro a mis dos hermanos y a mí. Y eso que mientra más veía a padres batallando con las carreolas en pasillos estrechos, elevadores, al subir o bajar del carro, más mi esposo y yo nos convencíamos de que no queríamos usar carreola.

Entonces veo que la presión viene desde que somos niñas.

Mi sobrina refleja también otra de las cosas que he observado, y es la contradicción entre lo que te dicen que debe hacerse y lo que se hace. Es decir, por un lado parece que lo que debe hacerse es no cargar tanto al bebé, pero por el otro todos quieren cargar a los bebés apenas ven a uno.

“Acostúmbralo a la teta, me dicen, así me lo puedes dejar.” Pero, ¿por qué voy a querer dejar a mi bebé? Precisamente, una de las enormes ventajas de dar el pecho, es que puedo llevarlo conmigo a todas partes, y estar segura de que siempre habrá alimento suficiente y listo para tomarse.

Así y todo hay ocasiones en que tengo que dejar a mi bebé. Aunque trabajo desde casa, a veces tengo que ir a reportar avances de mi investigación a la universidad, y si bien antes era sencillo llevar a mi bebé en el rebozo porque sólo dormía y comía, cada vez fue un poco más difícil.

Cuando ha sido necesario, me he extraído leche y la he dejado en diferentes biberones, algunos que prometen simular el seno materno, pero nada: León sigue prefiriendo aguantarse el hambre hasta que llegue yo. No sé si es que hemos errado en la temperatura de la leche o si es el biberón en sí, el caso es que no ha funcionado.

“Acostúmbralo a la teta”, vuelvo a escuchar. Pero, ¿tiene sentido?, me pregunto yo. ¿Para qué acostumbrarlo con diferentes técnicas a algo que no siempre tenemos necesidad de usar –unas tres veces en lo que va de sus seis meses? Además, he visto de cerca lo difícil que es quitarle el biberón a un niño a la fuerza, cuando ya empieza a afectar su salud bucal.

Elegí no hacerlo. El pediatra me sugirió otros métodos: un vasito entrenador, pequeñas cucharadas. El vasito funcionó mejor; además, mi bebé aprendió rápido que, mientras que al vasito sí lo puede morder y calmar su comezón, a mí no me gusta que me muerda.