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¡¡Cumpleaños feliz!!

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Día antes de la cesárea

Tal día como hoy, hace un año, a esta misma hora (9:45 am) nació Mariana, mi sol y mi alegría.

Muchos sentimientos se me revuelven, muchos recuerdos cargados de nervios y todos los colores. Hace unos minutos le dije al anestesista que me dolía la herida y él me inyectó algo en la vía.

A esta hora estaba sumida en un sueño psicodélico mientras mi hija emergía de mi interior, con la ayuda de manos ajenas. Dentro de un rato se hará un año de estar en recuperación, en una sala fría, en un hospital sin luz, escuchando el llanto de mi nena, el más alto del universo, llamándome, mientras escucho al gineco-obstetra gritar desesperado porque el de la planta no estaba y no se había recuperado el servicio eléctrico en el quirófano del materno. Agradecí haber sido la primera cesárea atendida y no estar en la posición de la que en ese momento estaba en la mesa de operaciones, mientras un dolor ardiente me acuchillaba el vientre. Sin fuerzas, acostada en la camilla, estaba feliz. Sí, infinitamente feliz porque no importaba nada, cada vez estaba más cerca de abrazar y besar a mi hija.

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MI al salir de quirófano

No se puede describir la felicidad de ver el embarazo llegar a término, no solo porque se acabaron las manchas de sudor en las axilas y en el pecho por los calorones que me atacaban en el último trimestre o porque ya no me sentiría como una tortuga patas arriba luchando por voltearme cuando trataba de levantarme de la cama, sino porque ya iba a estar cara a cara con la compañerita que todas las noches golpeaba la cama cuando me acostaba del lado izquierdo, la que enterraba sus piecitos en los pulmones y la que me hacía (y hace) sentir la supermamá más afortunada del mundo.

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El dúo dinámico!

No estamos apuradas

Teresa 150x150 No estamos apuradas

Imagen tomada de http://wsorg.wordpress. com/tag/armando- jose-sequera/

MI cumplirá un año en poquitos días. Eso me ha puesto a pensar mucho en lo lenta que es para aprender algunas cosas y lo rápida que es para otras. Para algunas personas, su lentitud es motivo de preocupación y su rapidez es motivo de orgullo como si fuesen los padres de la criatura.

Para mi, que soy la madre, su rapidez es motivo de alegría y su lentitud es motivo de alegría también. ¿Por qué? En el transcurso del post, les explicaré.

Hay en la biblioteca de MI, un libro que se llama Teresa. Es del escritor Armando José Sequera, de mis autores preferidos. Él tiene la capacidad de reflejar en el papel la idiosincrasia del venezolano. Teresa, una niña menor de cuatro años, es el personaje principal de los cuentos que escribe su hermano mayor, quien sirve de narrador presencial en las historias.

En este libro hay un par de cuentos que revelan tres de los rasgos principales de la cultura de la crianza en Venezuela: el apuradismo, el intervencionismo y el enfermismo, también conocido como pediatrismo.

El apuradismo es un invento personal que explica esa necesidad insana de apurar los procesos de desarrollo y aprendizaje de los niños en función de las expectativas de los adultos.

En el cuento titulado ¿Para qué?, Teresa se queja de una tía, que tiene un bebé, diciendo algo que ahora uso como estandarte de crianza: ¿Para qué quieren que los niños hablen y caminen rápido si después se la van a pasar mandándolos a callar y a sentarse?.

Así mismito es. Con decirles, que en estos días, me dijeron que debía poner a Mariana a ver televisión todo el día para que aprendiera a hablar rápido. Yo no les dije nada, solo puse mi mejor cara de pendeja. No creo que vayan a entender que no tengo televisión por decisión propia porque no quiero que nos llenemos de mensajes alienantes que nos harán entrar en el rebaño de la sociedad consumista y vacía. Si quiero que MI tenga acceso al cine de calidad, como parte del aprendizaje de cultura general, ya encontraré otros medios.

Mientras tanto, MI apenas dice “aba” (agua) y, después de un curso intensivo, entiende dónde carrizo le queda la oreja. Mucho me sorprendió cuando le estaba cantando la canción del elefante del circo y la loquita se agarró la oreja y se la jaloneó bastante, ¡jajajajaja!

Volviendo al asunto del apuradismo, creo que a veces queremos que aprendan a hablar, dormir solos, dormir toda la noche, dejar los pañales, caminar, trepar, bailar, bajarse de la cama, y luego andamos preocupados preguntándonos por qué los niños de hoy en día son tan precoces y tienen sexo a los trece años, o andamos vueltos locos porque, desde que aprendió a caminar, el muchacho está tumbando la casa cual remolino de Tazz.

Estoy de acuerdo con la estimulación, pero siento que hay una línea delgada entre la estimulación y el apuradismo.

El segundo rasgo de crianza del que hablo es el intervencionismo. Armando lo explica muy bien en otro cuento de Teresa, titulado Retrasada, cuando la abuela de la niña dice que hay que llevarla al pediatra porque, poco después de haber cumplido un añito, apenas tenia dos líneas blancas en las encías. Esto inicia una discusión en la que los padres dicen que ella está bien y que no es necesario llevarla al pediatra. Que su único retraso es el de los dientes.

Esto pasa en todos los hogares venezolanos. No lo nieguen. Al menos en el 90% de las familias. Los abuelos y abuelas (además de los vecinos, amigos, hermanos, tíos, bisabuelos y demás personeros) intervienen para determinar cuál es el momento en que los nietos deben hablar, caminar, dejar la teta, entre otras cosas, siempre en comparación con fulanito que caminó a los siete meses, que dejó la teta a los seis, que caminó a los nueve. Nos olvidamos siempre que cada niño tiene su ritmo y cumple con cada etapa de su proceso de aprendizaje.

Para finalizar, en este cuento también se muestra el enfermismo o pediatrismo, es decir, cualquier motivo es bueno para ir al pediatra. Recuerdo que cuando MI tenía un pocas semanas de nacida, intentaba frotarse los ojos cuando tenía sueño. Como todavía le faltaba mucho para desarrollar la motricidad fina, apenas atinaba a agarrarse las orejas. Esto generó un ataque de pánico en las abuelas, tías y bis(c)abuelas porque suponían que MI tenía una infección que, según ellas, le “comía” los oídos.

En otra oportunidad, cuando ya tenía seis meses y gritaba incesantemente mientras jugaba y probaba la potencia de su voz, la abuela paterna entró al cuarto desesperada porque MI estaba quejándose de un dolor y nosotros debíamos ir inmediatamente al médico a ver qué carrizo pasaba.

Pienso que tienen una necesidad oculta de tener a los bebés enfermos para justificar sus propias existencias, para cuidarlos y darles medicinas. Esto también se conoce como Síndrome de Münchhausen, pero en menor escala.

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MI probando caraotas por primera vez

En mi opinión, si Mariana no ha aprendido a decir mamá, si se tardó casi un año en aprender a caminar, si apenas balbucea las consonantes B, T, D y Ñ, si tiene solamente dos dientes, es porque va a aprendiendo y desarrollándose a su propio ritmo. Me hace feliz ver cómo va descubriendo el mundo sola, en un entorno amigable, respetuoso, positivo. Una vez que ha aprendido bien una función corporal, descubre otra con la que se entretiene unos días o semanas. Nadie la presiona, así que se toma su tiempo para saborear cada cosa, cada momento.

Y yo feliz, tanto si va rápido, como si va lento.

La soledad de la sala de partos

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Luisa y yo cuando éramos pequeñitas

Era sábado en la noche y, cansadas de las labores del día, mi hermana y yo nos sentamos en la cocina a comer. Una complicidad tácita nos hizo mandar a los niños a jugar al extremo opuesto de la casa. Teníamos una frustración compartida por los contratiempos que no nos permitieron cumplir con los objetivos de trabajo planeados para ese día.

Conversando sin ganas, vagando de un tema a otro, un poco aburridas, caímos en el tema de los partos. Yo empecé a asegurarle que sí era posible tener un parto sin medicación. Ella, que tuvo un parto acostada y sin anestesia, me aseguraba que eso dolía demasiado y que no se imaginaba pasar por un parto nuevamente sin la epidural.

Cuando empecé emocionada a explicarle por qué le había dolido tanto y qué debía hacerse en esos casos, me detuvo en seco y me dijo “Louisiana, no quiero hablar de eso”. Me explicó que el parto había sido un trauma que no quería recordar y que le dolía mucho hablar de eso. Yo, que había estado de pie tratando de explicarle lo del suelo pélvico y la oxitocina natural, me quedé paralizada y fría. Me senté nuevamente y le dije que debíamos trabajar para superar eso para poder dar apoyo a otras madres. Ella me dijo que apoyaba en cualquier área, menos en el parto.

Mi hermana mayor, después de quince años de haber parido, estaba sentada frente a mí diciéndome taciturna que no había superado el trauma.

¿Cómo no noté que ella nunca hablaba del parto?, ¿cómo no me di cuenta que cada vez que hablaba de las desventajas de la epidural, ella me mandaba a callar alegando que como yo no había vivido ese dolor, no podía opinar?, ¿por qué me permití esa ausencia y distancia?

Convenimos en que ella apoyaría durante el embarazo y el puerperio, y yo durante el parto, por lo que era prioritario que se certificara como consejera de lactancia materna y educadora perinatal, y yo como doula.

Le conté que yo había escrito y publicado en Facebook mi nota “Denuncia prescrita” como medida desesperada, una noche en que no podía dormir porque la rabia, la frustración y la tristeza no me dejaban en paz. A mí me sirvió para deshacerme de los demonios que me perseguían cada noche cuando MI se quedaba dormida. En realidad, estaba obsesionada con el dolor, por lo que debía liberarlo de algún modo.

-Gorda, ¿y si lo escribes?-. Le planteé que quizá a ella también le pudiese servir de ayuda, aún cuando no fuese a acompañar a nadie durante el parto. Era imperativo y urgente que se dedique a purgar el trauma.

Para mi sorpresa, sin que yo se lo pidiese, ella se puso a contarme su historia. Juro haberme agarrado el corazón de la impresión. Ella bajó la voz, suavizó la expresión y empezó el relato. La cocina se convirtió en un espacio de absoluta intimidad, de esos momentos que espontáneamente se vuelven sagrados y agradeces a Dios por estar en el lugar correcto. Mi hermana abría su alma para contarme su historia y yo abría la mía para escucharla.

No recuerdo sus palabras exactas. Lo frase que más me impresionó fue precisamente con la que comenzó: “Recuerdo que era un lugar muy frio y me sentía muy sola”.

Desde entonces me he dedicado a preguntarle a las mujeres, en público y en privado, cómo se sintieron en la sala de parto (o en el quirófano, en el caso de cesárea). La respuesta más común es “sola”, palabras más, palabras menos. Pocas me dicen que sintieron una felicidad increíble.

Un alto porcentaje me comenta que solo se dirigían a ellas para darle instrucciones, rara vez para consultarle sobre algún procedimiento o para darle apoyo emocional. De resto, tanta gente en una habitación hablando entre ellos y una mujer siente una soledad asfixiante que decanta en miedo. En mi caso, solo el anestesista y una enfermera me dirigieron la palabra.

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Imagen tomada de http://www.kindreddoula .com/doula_services_ and_childbirth_education

No todos los casos son iguales, algunas mujeres tienen suerte con los médicos y enfermeras que les hablan y les hacen sentir acompañadas, pero estos son raros casos. Y hay los médicos que han ido despertando y se han permitido reaprender totalmente su carrera permitiendo a la mujer ser la protagonista del nacimiento de su hijo, estos son más escasos todavía.

Esto debe cambiar y sucederá cuando hombres y mujeres seamos conscientes de los daños que produce en la humanidad nacer de ese modo, cuando deseemos cambiar el modo de traer hijos al mundo y cuando nos hagamos escuchar.

¿Qué es lo mejor que puedes darle a tu hijo?

familia 150x150 ¿Qué es lo mejor que puedes darle a tu hijo?

Imagen tomada de http://holmantovar. blogspot.com/2009/11/ importancia-de-la-familia.html

Hace unos tres años, conocí a un hombre que estaba contento de haber comprado a su bebé, al que le faltaba muy poco por nacer, una cuna que costaba el equivalente a tres meses de sueldo mínimo. Cuando el bebé tenía apenas dos meses de nacido, él andaba desesperado porque no tenía dinero para comprar la leche de fórmula que el bebé tomaba. Recuerdo haberle dicho que si hubiese ahorrado la plata que usó para comprar la cuna, quizá tuviese hoy con qué darle de comer a su hijo. Este hombre se molestó y me dijo que yo no podía opinar porque no tenía hijos y que ya me vería querer darles lo mejor cuando los tuviese, entonces le salí con una de mis peores imprudencias: “¡entonces que coma cuna!”. Imagínense el desastre que causé.

Hoy tengo una hija y pienso que este hombre tenía razón en una cosa: quiero darle lo mejor a mi hija.

Como dije en un post anterior, esta etapa de maternidad me ha traído un pack completo de aprendizaje constante, parte de él viene del compartir con otras mamás, principalmente con mis tres hermanas, y otra parte del ensayo y error. Casi todas las cosas que he aprendido hasta la fecha, han estado relacionadas con el rompimiento de paradigmas preestablecidos de crianza.

Una de las cosas que me ha tocado aprender, y de las que más me ha impresionado, es que los padres y madres tienen distintos conceptos acerca de lo que consideran que es mejor para sus hijos. El asunto es, que por muy ilógicos y descabellados que me parezcan, debo aceptarlos como correctos. Cada quien toma sus decisiones basadas en variadísimos aspectos influyentes: experiencias previas, entorno social y cultural, ideales propios, entre otros.

En mi caso personal, y puede también que yo esté equivocada, he decidido que lo mejor que puedo darle a mi hija es una intensa educación emocional y espiritual por encima de lo material porque considero que en esta vida nada físico es realmente estable y duradero, por lo que la satisfacción que se obtenga de ellos es temporal (sí, no debo decir nada cuando un padre prefiere lo material).

Me he investigado muchas formas de hacerlo y he escogido las siguientes formas:

-       Llevando la lactancia materna a término (hasta que MI decida destetarse sola)

-      Porteando a mi hija de forma natural, con un canguro de tela, que permite que esté en contacto conmigo siempre y que se adapte a nuestra anatomía.

-       Por medio del contacto físico constante: cargando, acunando, con amapuchos y abrazos, mirando a los ojos.

-       Colechando (durmiendo) con mi pequeñita.

-       Mejorando mi calidad de trato al establecer mis relaciones interpersonales.

-       Conociendo mi cuerpo y dejando que ella conozca el suyo.

-       Bajando a su nivel, colocándome en sus zapatos, escuchando y tratando de entenderlo su llanto, validando sus sentimientos.

-       Atendiendo sus necesidades en el acto, en el entendido de que un bebé no tiene la capacidad de manipular a sus padres y que todas sus necesidades son básicas.

-       Viendo el mundo desde su óptica de niña exploradora.

-       Reaprendiendo a explorar la vida.

-       Respetando sus procesos y etapas.

-       Perdonando y cerrando viejas heridas.

-       Practicando principios de amor, tolerancia, respeto, paz, y así un día servir de ejemplo para MI.

Haciendo todas estas cosas, se me ha ido abriendo (a veces cerrando también, cuando tengo retrocesos) una nueva visión de la vida, he ido despertando poco a poco a una nueva manera de percibir las cosas. Confieso que estoy lejos de lograrlo todo y que el proceso se me ha tornado difícil, pero me siento bien orientada y eso es lo importante:

Que el instinto me indique el camino.

El instinto, sombra amiga

Imagen0612 150x150 El instinto, sombra amiga

Casi dormidas en nuestra camita

A los pocos meses de haber nacido MI, cuando por fin estuve sola en mi casa, libre de la presión social de la que hablé en un post anterior, empecé a escuchar una voz en mi mente y en mi corazón. Empecé a tener impulsos que contradecían lo que había aprendido sobre crianza.

Confieso que me provocaba dormir con Mariana. En la madrugada, cuando se despertaba a pedir teta, la pasaba a mi cama y allí nos descubría dormidas el amanecer. En las noches, la dormía meciéndola en mis brazos y cantándole canciones. Viendo miles de imágenes en Internet, me hice unos rebozos para cargarla siempre conmigo. Eran horribles, pero nuestros, jejejejeje, y bastante cómodos. También los usaba para dormirla.

También empecé a sentir deseos de estar siempre con ella porque me parecía que aquellas personas maravillosas que la cuidaban mientras yo trabajaba no iban a entender y respetar mis decisiones acerca de cómo debía ser su alimentación y crianza. Yo sabía que harían lo que están acostumbrados a hacer: seguir los paradigmas culturales que poco a poco he ido rechazando.

Al principio eran como pequeños actos de rebeldía que me hacían sentir satisfecha y calmaban los llantos de MI. Luego comprendí que era normal lo que sentía, además de ser muy sano y beneficioso para nosotras dos. Esos pensamientos y deseos nacían en lo más primitivo de mí: era mi instinto.

¿Qué es, entonces, el instinto?

Dios nos ha dado un cuerpo de ingeniería perfecta. Este cuerpo tiene un mecanismo hormonal que rige ciertas acciones. A este mecanismo lo conocemos como instinto.

La más hermosa de las funciones que he descubierto hasta ahora es la conservación de la especie humana por medio del amor. El instinto nos invita y seduce a cargar a nuestro bebé cuando llora, a tenerlo siempre encima o a la vista cuando ya están más grandes, a abrazarlos, cantarles, hablarles suavecito, a mirarlos a los ojos, a darle teta cuando se cae y llora.

La especie humana está condicionada a necesitar y prodigar amor para existir. La hormona del amor (oxitocina) es que la que induce a amarnos, reproducirnos, parirnos, amamantarnos, acunarnos, dormir juntos, abrazarnos y transmitirnos amor en las miradas. Somos hechos así y cuesta mucho más negarlo que aceptarlo. Eso explica el por qué sentimos cargo de conciencia si no cargamos a nuestro bebé que llora en la cuna.

Incluso es lo que  nos indica qué hacer en momentos de emergencia, por ejemplo, he descubierto que cuando estoy desesperada, tengo miedo y no sé qué hacer, simplemente debo respirar profundo y escucharme. Es como si mi cuerpo se pusiese en sintonía con Dios (o como lo quieran llamar), yo pudiese escucharlo y hasta sentirlo y sentir su impulso ciego. Ese es un milagro que nos hemos empeñado en esconder porque el progreso indica que el instinto es animal y se considera un retroceso al homo erectus.

Escuchar al instinto me ha dado la seguridad de que soy buena madre a pesar de todos los errores que pueda cometer. Me hace sentir que puedo con esta responsabilidad que algunas veces se muestra inconmensurable.

El instinto es como un programa de computadora que viene instalado en mi disco duro, que hace de la maternidad (y la paternidad) algo supernatural, una carga ligera de llevar, un conocimiento ancestral grabado en mis genes mucho antes de nacer.

Nacer en panal, una nueva voz

logo Nacer en panal1 150x150 Nacer en panal, una nueva vozLos términos que manejamos en nuestra filosofía no son nada nuevos ni exclusivos. Afirmar tal cosa equivale a decir que inventamos la rueda.

La crianza con apego, la lactancia materna, el parto humanizado e íntimo, son un reencuentro con costumbres ancestrales que ciertas sociedades, como la nuestra, han ido erradicando en nombre del progreso, a la vez que han ido incluyendo prácticas para la comodidad de los padres, sin considerar las consecuencias que esto trae a largo plazo, tanto para los padres como para los bebés.

Lo que era de lo más normal hace cincuenta, cien o ciento cincuenta años, hoy es catalogado como dañino o peligroso. Pero los avances de la ciencia, las investigaciones médicas y los análisis estadísticos indican que nuestras abuelas y bisabuelas tenían razón.

Aún así, cuesta creer que esas indígenas, negras y blancas, ignorantes, campesinas o amas de casa, pudiesen tener razón porque ahora solo los médicos tienen la razón, y se entiende porque para eso estudiaron.

Lo bueno es que hay los que investigan nuevas tendencias, las enseñan a sus pacientes y luchan día a día con esas creencias sembradas en nuestras mentes (y casi que en los genes).

Sin embargo, muchas madres y muchos padres sufrimos un mal que aqueja a la humanidad: la presión social. Una piedrita en el zapato tan grande y tan molesta que termina haciendo que muchos tiren la toalla y terminen entrando por el aro, cual león adiestrado: enfuchándole al muchacho un tetero al poco de nacer, destetando antes del año, dejando al muchacho llorar solo en su cuna hasta dormirse. Es en ese momento cuando sienten culpa por no hacer lo que quisieron o culpa e inseguridad cuando lo hacen a escondidas.

Con el avance de las tecnologías y las comunicaciones, muchos nos volcamos a la web buscando información que avale nuestras decisiones y/o buscando apoyo. La buena noticia es hayamos en la red una comunidad mundial de gente rara como nosotros, que queremos alternativas a la manera de nacer y criar actualmente instaurada. La cosa puede volverse obsesiva (lo testifico).

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Tomado de http://www.niguelas.org/ reunion-de-la-asociacion-de-mujeres

Entonces, decidimos alzar nuestra voz, unirla al gran coro que pide un alto a la violencia y pedimos la duplicación del amor. Somos los hippies 2.0: abrimos blog’s, páginas web, nos valemos de las redes sociales, fundamos instituciones, vendemos franelas y material POP que predican nuestras creencias, asistimos a conferencias, seminarios o cursos, dictamos talleres, compartimos en tribus, hacemos videos y grabaciones, entrevistamos a expertos, difundimos mensajes, entre otras cosas.

Así nacemos en un panal de abejas, laboriosas, con conciencia de equipo y comunidad, disfrutando de la dulce miel de criar a nuestros hijos tal y como nos dicta el instinto, sabiendo que no estamos solos.

La crianza: culto al miedo.

Imagen0575 150x150 La crianza: culto al miedo.

Mariana libre en una librería

Cuando supe que estaba embarazada, sentí una felicidad como nunca antes había sentido. Pero, así como llegó la felicidad, me asalto el miedo de no ser una buena madre y a todos los peligros que enfrentaría me bebé, incluso desde el vientre. Este miedo fue degenerando hasta llegar a la paranoia por las más mínimas cosas y acentuándose en los meses posteriores al nacimiento de MI.

La verdad es que ese estado de estrés era insoportable. ¿Quién puede vivir así?

Afortunadamente, con el paso de los meses me he ido liberando y eso se debe, en parte, a la intervención de dos de mis hermanas, quienes tienen bastante experiencia en maternidad.

A medida de que he ido soltando las riendas, me he dado cuenta de esto: muchos de mis temores están basados en exageraciones culturales. No es que no tenemos derecho a sentirlo, sino que culturalmente somos adiestrados para sentir miedo a diestra y siniestra.

Ya no solo he dejado de lado esa paranoia, sino que me he atrevido a hacer cosas que para mi mamá, por ejemplo, eran impensables. Sí, este es el momento en que van a saltar los médicos, las mamás, las abuelas y los opinólogos a sacrificarme por ponerme a “inventar”, porque hoy por hoy la crianza se ha convertido en un culto al miedo

Voy a mencionarles algunas cosas a las que le tienen miedo un altísimo porcentaje de las mamás venezolanas (y del mundo occidental): al abrazo constante, a la teta como único alimento o hasta pasados los dos años, a cargar al bebé con las piernas abiertas en posición de ranita, a dormir con el bebé, a los microbios, a la comida no industrializada, a los síntomas como la tos, la fiebre y la diarrea; a los baches de la lactancia, al llanto del bebé, a la cercanía entre los niños y los animales, al baño del bebé en la ducha y con agua a la temperatura de la tubería, al sucio, a un bebé fuera del corral, a la libertad, los gritos, al berrinche, al patuque, a que se lleve todo a la boca, a que no duerma de noche, a que tome teta a cada rato (“engreir” con la teta, como lo llaman en Tucupita), al mal de ojo, al sereno, a las caídas de los niños así sean de sus propios pies… Y la lista podría continuar.

En mi caso, “inventar” ha tenido una nueva definición: atreverme a vivir rompiendo con ese paradigma que es el miedo, a ser libre de ser madre y dando libertad a MI de ser hija y bebé exploradora.

Esta libertad nos ha dado la oportunidad de conocer nuestros cuerpos, de darnos mucho amor, creando y fortaleciendo un vínculo afectivo especial, y de explorar el mundo desde un punto de vista diferente al que tienen quienes nos rodean.

He aprendido tantas cosas hermosas y siento que me faltan tantas por aprender. Tanto me ha gustado esta perspectiva de la maternidad, que decidí ponerme a “inventar” renunciando a el empleo que tenía, en el que llevaba siete años trabajando, arriesgándome a perder la estabilidad laboral que gozaba a cambio de la estabilidad emocional que nos brinda esta nueva forma de vivir.

Debo confesar que trabajar desde casa y criar con apego cansa muchísimo, así como debo decir que me siento satisfecha, que mi vida personal no se ha frenado en nada, es más, puedo asegurar que mi vida profesional ha resucitado. Cada noche, cuando me acuesto después de recoger juguetes y apagar luces, veo a mi chiquita dormir en mi cama y doy gracias a Dios por la paz que siento.

El aprendizaje continúa. Todavía hay muchos miedos, temores y barreras que derribar. Es como si estuviese de pie frente al camino de baldosas amarillas que me llevará al País del Mago de Oz.

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Tomada de http://www.dipity.com/tickr/Flickr_camino/#!

De cómo me fue en el 1er taller de blogs para lactivistas

Imagen0863 150x150 De cómo me fue en el 1er taller de blogs para lactivistas

La primera que recibió un tarrayazo

Después una larga noche en carretera de camino a Caracas con Mariana, mi fiel compañera, en brazos, llegamos demasiado temprano y no había nadie en el sótano dos. Una sala penumbrosa y varias computadoras fue lo que encontramos.

Pensé que todo el mundo había llegado tarde, incluso la organizadora, quien nos había hecho énfasis en la puntualidad. Mandé mensajes medio acuchillantes, reclamé al portero (el tipo ese que está sentado frente a un televisor en las puertas de los edificios y que siempre paga los platos rotos de las faltas de los demás) y me senté afuera a esperar.

Poco a poco fueron llegando las madres, el padre, casi todos con sus bebés, excepto un par de doctoras, una pediatra y una odontóloga infantil o puericultora (ni sabía que había odontólogos para bebés sin dientes, jijijiji)

Pronto iniciamos las conversaciones típicas de los padres: peso, medidas, acrobacias, adelantos, apuros, enfermedades, remedios y demás. Estos padres rara vez caían en la comparación, todos con la teta, todos con el apego, todos con lo natural y en modo humanista y positivo de crianza.

En medio de la animada conversación, llegó un catire flaquito con una pinta de rockero, pero de los duros, de los heavy metal o matagatos y nos saludó con un marcadísimo acento caraqueño del este del este. Resultaba que no era una organizadora, sino un organizador. ¡Oh, sorpresa! Este tipo con franela negra, pantalón negro y botas ranger nos iba a hablar de cómo llevar un blog de lactivista.

Luego de solucionar un asunto con la gente del edificio, bajamos al sótano dos y nuevamente una sorpresa: el tipo que parecía ser seguidor de Black Sabbath traía en una bolsa un montón de piezas para armar un piso de goma o foami de colores bien vivos para los bebés asistentes y un montón de jugueticos que, explicó mientras diligentemente armaba el escenario infantil, eran de su hija de cuatro años. ¡Oh, sorpresa, este tipo era además un papá dedicado!

Tan difícil que es ver a un papá dedicado, pero más raro es aún toparse con un hombre que parece conocer la discografía completa de Led Zeppelin nada más por la pinta y además sea un padre comprometido con su papel en la familia.

Sentado cada quién en su lugar, niños en el piso y adultos frente a una computadora, el papá rockero inició la actividad: rueda de presentaciones, testimonios y motivos para estar allí y, finalmente, entramos en materia.

Mariana jugó mucho, socializó bien y repartió tarrayazos a diestra y siniestra. Nadie dijo nada. Me senté en el suelo junto a ella y nadie se quejó, nadie me miró mal. Me parecía delicioso estar por primera vez entre personas que no fuesen familiares directos y que entendiesen que para mí es más importante mi hija y mi papel como madre que cualquier cosa. A todos les parecía normal que atendiese primero a Mariana que a la clase.

Aprendí mucho más de lo que fui a aprender primordialmente. Por primera vez no me sentí un bicho raro porque estaba entre bichos de mi propia especie. Todos estaban de acuerdo con la lactancia a término (como llama Louma a la lactancia prolongada en su blog (http://www.amormaternal.com), con el apego y los amapuchos, con la crianza positiva y respetuosa, con el porteo natural, con una dieta libre o baja en químicos y libre totalmente de chucherías, entre otras de mis decisiones en mi corta carrera como madre.

Siento que hice amigos.

Pasé un par de semanas pensando cómo comenzar, cómo arreglar el blog, así sí, así no, esa foto no, cambia el fondo, las letras no me cuadran, entre otras nimiedades, pero hoy por fin, me animo a soltar mi primera entrada.

Como todos los espacios que he logrado personalizar (mi casa, mi cuarto, la librería en la que trabajé) este será un refugio para descansar, un lugar donde nos abrazaremos y nos apoyaremos para continuar haciendo eso que nos gusta y en lo que creemos: la humanización del sistema de nacimiento y crianza.

¡Sean todos bienvenidos!