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Fuera Culpa: Mamá y Papá… Crianza Compartida

Empiezo este post quitando algo que pesa mucho, la culpa. La quito y me la quito porque estoy cansada de cargar con ella. Cosas como la culpa profundizaron mi depresión postparto en mi primer embarazo y ya me cansé de ella.

Una de las cosas que me gusta de Laura Gutman es que habla sin anestesia sobre la maternidad. No de una forma cruel sino, de la única forma que deberíamos hablar, con la verdad.

El mundo moderno se olvido por completo de las madres. El mundo laboral, sobre todo, es el más cruel. Se les olvida que para que haya trabajadores, alguien tiene que parirlos y criarlos. Y lo más triste es que eso también se le olvida a las mujeres a las que les toca contratar a otras mujeres.

Como liberal creo en la conciliación, en que la empresa y los empleados pueden llegar a un acuerdo. Soy afortunada por haber logrado eso. Me importa pasar tiempo de calidad con mis hijos, me importa más darle amor que cosas, pero también me importo yo y quiero, despojandome de toda culpa, hacer lo que me gusta y trabajar en lo que se hacer.

Amo lo que hago, aunque el mundo laboral sea machista. Donde los jefes no entiendan cuando Papá le pide un permiso para ir al acto del día del Padre o que tengan que faltar cuando el chamo se enferma. O que una mujer trabaje mientras el Papá se queda en casa cuidando a los niños.

Pregunto ¿Por qué se queda mamá en casa?, muchos me responde porque ella da teta… Y cuando el bebé ya no quiere teta ¿Por qué se queda mamá en casa y no papá? Nadie es capaz de responderme más allá de decirme que mamá es más importante en la vida de los hijos, que mamá es la que cría y papá el que va a la calle a buscar el sustento… ¡Injusto y machista me parece!

Queremos cambiar el mundo, queremos que no haya diferencias de género, raza, religión… Pero metemos a mamá en casa y decimos que ella es más importante que papá. No valoramos a los hombres que son padres y que quieren estar con sus hijos…

¡No estamos educando a los varones para ser padres! Los excluimos cuando les negamos más días de licencia por el nacimiento de un hijo, los despreciamos cuando no dejamos que se los lleven a la oficina porque mamá está ocupada o está enferma… Y lo más grave, nos alarmamos si nuestro niño pequeño juega con la muñeca de su hermana y la monta en el coche, así como uno lo hace con él.

Le debo parte de mi recuperación de la depresión a mi red de madres, pero yo no juego a la culpa ni a la exclusión del padre de la crianza… Es injusto que sólo mamá se dedique en un 100% a los hijos. Mis hijos no son míos, ellos en algún momento se irán de casa.

Estoy clara que su Papá y yo los estamos preparando para que asuman solos sus decisiones, por ejemplo, decidimos que los criaremos sin religión en casa, y que ellos cuando tengan edad verán si creen o no. Pero también nos hemos enfrentado a la realidad laboral de Venezuela y, me atrevo a decir, de muchas partes del mundo.

Nos toca a él y a mi vivir solos con los niños en una ciudad que no es la nuestra. Así que alguno de los dos tiene que faltar al trabajo y a sus obligaciones cuando se enferman o cuando no hay quien los cuide. Yo llevo el récord hasta ahora. Me imagino que muchos dirán o pensarán que así debe ser, pero yo pienso que es injusto para mi y para él que también quiere cuidar y proteger a sus hijos tanto como yo.

No se si seguir escribiendo, esta es una situación que vivo todos los días y que particularmente este mes se ha hecho más frecuente y dónde me he topado con mamas que juegan a la culpa. Sólo me queda decir que me retiro del juego. Todo esto refuerza mi decisión de ser diputada a la Asamblea Nacional de Venezuela porque esta vaina tiene que cambiar.

Les dejo una imagen que encontré en la página de facebook del club para mamás. ¿Si hubiese sido una mujer la de la imagen les causaría tanto asombro?

 

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¿Queremos cambiar el mundo? Luchemos por una crianza respetuosa y compartida, donde Papá también es importante. Aunque no sea nuestra pareja, esposo o novio siempre será el padre de nuestro(a) hijo(a)

¿Qué es lo mejor que puedes darle a tu hijo?

familia 150x150 ¿Qué es lo mejor que puedes darle a tu hijo?

Imagen tomada de http://holmantovar. blogspot.com/2009/11/ importancia-de-la-familia.html

Hace unos tres años, conocí a un hombre que estaba contento de haber comprado a su bebé, al que le faltaba muy poco por nacer, una cuna que costaba el equivalente a tres meses de sueldo mínimo. Cuando el bebé tenía apenas dos meses de nacido, él andaba desesperado porque no tenía dinero para comprar la leche de fórmula que el bebé tomaba. Recuerdo haberle dicho que si hubiese ahorrado la plata que usó para comprar la cuna, quizá tuviese hoy con qué darle de comer a su hijo. Este hombre se molestó y me dijo que yo no podía opinar porque no tenía hijos y que ya me vería querer darles lo mejor cuando los tuviese, entonces le salí con una de mis peores imprudencias: “¡entonces que coma cuna!”. Imagínense el desastre que causé.

Hoy tengo una hija y pienso que este hombre tenía razón en una cosa: quiero darle lo mejor a mi hija.

Como dije en un post anterior, esta etapa de maternidad me ha traído un pack completo de aprendizaje constante, parte de él viene del compartir con otras mamás, principalmente con mis tres hermanas, y otra parte del ensayo y error. Casi todas las cosas que he aprendido hasta la fecha, han estado relacionadas con el rompimiento de paradigmas preestablecidos de crianza.

Una de las cosas que me ha tocado aprender, y de las que más me ha impresionado, es que los padres y madres tienen distintos conceptos acerca de lo que consideran que es mejor para sus hijos. El asunto es, que por muy ilógicos y descabellados que me parezcan, debo aceptarlos como correctos. Cada quien toma sus decisiones basadas en variadísimos aspectos influyentes: experiencias previas, entorno social y cultural, ideales propios, entre otros.

En mi caso personal, y puede también que yo esté equivocada, he decidido que lo mejor que puedo darle a mi hija es una intensa educación emocional y espiritual por encima de lo material porque considero que en esta vida nada físico es realmente estable y duradero, por lo que la satisfacción que se obtenga de ellos es temporal (sí, no debo decir nada cuando un padre prefiere lo material).

Me he investigado muchas formas de hacerlo y he escogido las siguientes formas:

-       Llevando la lactancia materna a término (hasta que MI decida destetarse sola)

-      Porteando a mi hija de forma natural, con un canguro de tela, que permite que esté en contacto conmigo siempre y que se adapte a nuestra anatomía.

-       Por medio del contacto físico constante: cargando, acunando, con amapuchos y abrazos, mirando a los ojos.

-       Colechando (durmiendo) con mi pequeñita.

-       Mejorando mi calidad de trato al establecer mis relaciones interpersonales.

-       Conociendo mi cuerpo y dejando que ella conozca el suyo.

-       Bajando a su nivel, colocándome en sus zapatos, escuchando y tratando de entenderlo su llanto, validando sus sentimientos.

-       Atendiendo sus necesidades en el acto, en el entendido de que un bebé no tiene la capacidad de manipular a sus padres y que todas sus necesidades son básicas.

-       Viendo el mundo desde su óptica de niña exploradora.

-       Reaprendiendo a explorar la vida.

-       Respetando sus procesos y etapas.

-       Perdonando y cerrando viejas heridas.

-       Practicando principios de amor, tolerancia, respeto, paz, y así un día servir de ejemplo para MI.

Haciendo todas estas cosas, se me ha ido abriendo (a veces cerrando también, cuando tengo retrocesos) una nueva visión de la vida, he ido despertando poco a poco a una nueva manera de percibir las cosas. Confieso que estoy lejos de lograrlo todo y que el proceso se me ha tornado difícil, pero me siento bien orientada y eso es lo importante:

Que el instinto me indique el camino.

El instinto, sombra amiga

Imagen0612 150x150 El instinto, sombra amiga

Casi dormidas en nuestra camita

A los pocos meses de haber nacido MI, cuando por fin estuve sola en mi casa, libre de la presión social de la que hablé en un post anterior, empecé a escuchar una voz en mi mente y en mi corazón. Empecé a tener impulsos que contradecían lo que había aprendido sobre crianza.

Confieso que me provocaba dormir con Mariana. En la madrugada, cuando se despertaba a pedir teta, la pasaba a mi cama y allí nos descubría dormidas el amanecer. En las noches, la dormía meciéndola en mis brazos y cantándole canciones. Viendo miles de imágenes en Internet, me hice unos rebozos para cargarla siempre conmigo. Eran horribles, pero nuestros, jejejejeje, y bastante cómodos. También los usaba para dormirla.

También empecé a sentir deseos de estar siempre con ella porque me parecía que aquellas personas maravillosas que la cuidaban mientras yo trabajaba no iban a entender y respetar mis decisiones acerca de cómo debía ser su alimentación y crianza. Yo sabía que harían lo que están acostumbrados a hacer: seguir los paradigmas culturales que poco a poco he ido rechazando.

Al principio eran como pequeños actos de rebeldía que me hacían sentir satisfecha y calmaban los llantos de MI. Luego comprendí que era normal lo que sentía, además de ser muy sano y beneficioso para nosotras dos. Esos pensamientos y deseos nacían en lo más primitivo de mí: era mi instinto.

¿Qué es, entonces, el instinto?

Dios nos ha dado un cuerpo de ingeniería perfecta. Este cuerpo tiene un mecanismo hormonal que rige ciertas acciones. A este mecanismo lo conocemos como instinto.

La más hermosa de las funciones que he descubierto hasta ahora es la conservación de la especie humana por medio del amor. El instinto nos invita y seduce a cargar a nuestro bebé cuando llora, a tenerlo siempre encima o a la vista cuando ya están más grandes, a abrazarlos, cantarles, hablarles suavecito, a mirarlos a los ojos, a darle teta cuando se cae y llora.

La especie humana está condicionada a necesitar y prodigar amor para existir. La hormona del amor (oxitocina) es que la que induce a amarnos, reproducirnos, parirnos, amamantarnos, acunarnos, dormir juntos, abrazarnos y transmitirnos amor en las miradas. Somos hechos así y cuesta mucho más negarlo que aceptarlo. Eso explica el por qué sentimos cargo de conciencia si no cargamos a nuestro bebé que llora en la cuna.

Incluso es lo que  nos indica qué hacer en momentos de emergencia, por ejemplo, he descubierto que cuando estoy desesperada, tengo miedo y no sé qué hacer, simplemente debo respirar profundo y escucharme. Es como si mi cuerpo se pusiese en sintonía con Dios (o como lo quieran llamar), yo pudiese escucharlo y hasta sentirlo y sentir su impulso ciego. Ese es un milagro que nos hemos empeñado en esconder porque el progreso indica que el instinto es animal y se considera un retroceso al homo erectus.

Escuchar al instinto me ha dado la seguridad de que soy buena madre a pesar de todos los errores que pueda cometer. Me hace sentir que puedo con esta responsabilidad que algunas veces se muestra inconmensurable.

El instinto es como un programa de computadora que viene instalado en mi disco duro, que hace de la maternidad (y la paternidad) algo supernatural, una carga ligera de llevar, un conocimiento ancestral grabado en mis genes mucho antes de nacer.